Edición Octubre a Diciembre 2019 Nº 123

Hoy te escribo, libertad
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Hoy te escribo, libertad

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Por: Esperanza Jaramillo

Quizás todos pretendemos hacer el camino con la luz que inventamos, pero es débil su chispa, y a veces fácil se apaga; así que abrimos todas las ventanas y se ilumina la casa, o la salpica la lluvia que en el alero recoge sus alas. Le devolvemos entonces una mirada nueva a nuestros ojos: tal vez el guayacán floreció en la madrugada, y un pichón que aún se estremece de frío se asome desde su balcón de escarcha. Pero, de manera indefectible, nos condiciona la cárcel de nuestros huesos: una jaula de cal, dura como un glaciar.

¿Qué hacer cuándo el espíritu reclama un espacio sin límites, sin muros? ¿Cómo vencer el hielo y cruzar la noche? Creo que solo el conocimiento y el arte liberan, son la llave que nos permite dejar atrás las sombras, repensar nuestra propia historia, derribar las prisiones, ser protagonistas de nuestra lucha. Con ellos tamizamos el dolor de esta carne mortal, y la nostalgia de ser pavesas de un sol que derrocha su fuego en un espejo.

Sí, el arte nos hace humanos, rescata nuestros ecos, monólogos interiores y sensaciones; es como si abordáramos una nave inquietante que arriba a nuestro puerto para liberarnos, y abrirnos la puerta al saber, a la comprensión de nuestro ciclo vital y el de nuestros congéneres. En consecuencia, tocamos el lenguaje intraducible de la sensibilidad. Nos doblegamos frente a todo lo bello y digno de ser mencionado; escuchamos los sonidos que nos devuelven a la infancia; detallamos el color que alumbra el lienzo y se pinta solo todas las mañanas; apreciamos la perfección de la fiera esculpida en el mármol con su rugido aún tembloroso; nos deleitamos con la gracia de la silueta que se ovilla en el viento y lo acaricia sin tocarlo. Y nos conmueve el ritmo silencioso de la poesía, tan antigua en su isla y tan obstinada.

Y así como a través del conocimiento y del arte liberamos el pensamiento, de la misma manera, cuando nos atrevemos a otro océano, cuando nos descalzamos para caminar playas desconocidas sin temer ese horizonte, escribimos una nueva saga interior. No habrá entonces cerrojos ni barrotes que nos retengan, aunque nos amenacen tempestades y oigamos crecer la lluvia dentro, muy dentro del corazón. Seremos distintos aún para el dolor.

Las fronteras que nos condenan a un lugar físico son también cárceles inventadas, y nos cuesta mucho franquearlas. En Colombia tenemos ejemplos heroicos de hombres y mujeres que han vencido su condición de ser ciudadanos del tercer mundo, de padecer la pobreza, de tener que llevar la pesada carga de los señalamientos aberrantes que ante el mundo nos encadenan. Triunfan porque existe una veta interior luminosa, una cantera de valor que lanza el miedo y lo imprevisible adonde la niebla no se atreve.

Las fugas espirituales y geográficas nos permiten romper las barreras y tocar la libertad. Hacer la jornada con una luz nueva en las manos y volvernos vela y velero en pleamar. El conocimiento, el arte y un ir más allá de las montañas y del litoral se llaman libertad.

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