Edición Enero a Marzo 2019 Nº 120

¿Quién contará los días oscuros de la Tierra?
Paisaje Cultural Cafetero

¿Quién contará los días oscuros de la Tierra?

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Por: Esperanza Jaramillo

No heredamos la Tierra de nuestros antepasados,
la pedimos prestada de nuestros hijos.
Proverbio indio americano

En esta mañana de domingo, frente a mí tengo la imagen de un roble que sobrevive en la pared de un precipicio, busca con desespero un poco de sol y hunde sus raíces de abismo en la grieta de una roca. Así me siento yo: empuño mi vida, la aferro a lo bello, y cierro mis ojos ante las semillas malogradas en la inútil espera de los frutos maduros y el pavoroso daño que le hacemos al planeta. Es claro el origen de este sobresalto de veranos intensos y lluvias torrenciales, y del oleaje de descargas eléctricas que de manera inesperada libera su furia. Las golondrinas han perdido su brújula y son ya incapaces de vislumbrar el invierno y de regresar al cobijo seguro.

¿Cómo no sumirnos en la tristeza, ahora que desde el espacio la Tierra luce como una esfera turbia, y en los mares navegan cárceles de plástico que asfixian a las algas y a las tortugas? Preciso será consentirla y reconocer en su comienzo el mismo de la eternidad, y percibir cuanto existe como un todo, como un misterio absoluto. Aunque estrechos linderos nos retengan, y en ocasiones pensemos que el mundo es solo la sombra que con nosotros se mueve.

El hombre a través de la historia ha destruido sin compasión mucho de cuanto le confiere sentido a su existencia: vuelve ceniza la hierba, oscurece el alma de los ríos, y tala los árboles que ya presienten la herida mortal.

Como resultado de la indiferencia ha surgido un hombre con nuevos códigos: aquel que ignora el asombro y gravita en ciegas órbitas; ese individuo que desconoce la sabiduría de la naturaleza repetida en la alubia y en el océano, y pasa por encima de esa matemática excelencia que entreteje la vida y lo vivo, en un trabajo de millones de años, en una sucesión de formas y de espejos.

El espacio, el tiempo y la belleza moran en el cosmos: son nuestros maestros. Nos demoramos muchos años para entenderlo y apreciar la gracia de lo pequeño y nombrarlo con pocas palabras en la poesía; llenar de colores nuestro propio lienzo, y cantarlo simple como una gota de lluvia sobre el alero.

¿Saldremos de este colapso? ¿Seremos justos y generaremos en el futuro una supernova espiritual con jóvenes estrellas en otras armonías? Requerimos un cambio capaz de sostener el eco pertinaz del Big Bang que llevamos por sello en el corazón, sin que llegue a quemarse. La perfección de lo creado por una Sabiduría imposible de dilucidar es, en sí misma, una lección que nos permite confiar en posibles cambios: también corren riachuelos en el interior de las rocas, y en ellas, talladas, están las memorias de los meteoritos que impactaron la Tierra antes de que el primer organismo vivo surgiera.

paisaje cultural cafetero libelulaPara nuestras búsquedas tenemos solo instantes que duran muchos años en este aquí, casi una eternidad, y deseamos saber quiénes somos antes de partir. Ante lo imposible resolvemos escribir en las hojas de los árboles que nunca plantamos, y hacemos barcos de papel para un seguro naufragio: inventamos mundos exiguos en la corriente circular de nuestro viaje.

Quizás debido a un colosal impacto sobre la superficie de la Tierra surgieron los astros, y la luna, de una porción de roca desprendida y vuelta gloriosa lámpara. Algunos científicos afirman que en un comienzo existieron dos lunas; tal vez la otra por timidez devela un rostro más pálido. El color es también un Invento: en un principio las plantas empleaban un tinte llamado retinal, en lugar de clorofila. A través de esa sustancia absorbían la luz verde y reflejaban la roja y la violeta, que al mezclarse esparcían el místico tono violáceo; el suelo se convirtió entonces en un enorme campo de lilas en florescencia.

Es posible que en el futuro se modifiquen los niveles de conciencia de muchos líderes, y asuman la magnitud de la responsabilidad que nos ha sido confiada: la sostenibilidad del planeta. Estoy convencida de que la única salida es la equidad. Hombres con valores éticos y solidarios que se conmuevan con el torrente de luz inmerso en el vacío, que hablen de los días oscuros de la Tierra para que no se repitan nunca más.

Hoy, para decirle adiós a esta melancolía, sigo el vuelo de una libélula que deja su tornasol en esta página; me pierdo en el sueño de Luna, mi gatica, que ronronea sobre los libros, y hace caso omiso de todo cuanto hay afuera. Yo vuelvo a mi adentro donde la palabra abreva su sed de venado en el hielo. Miro otra vez la imagen inicial del roble: antes equilibrista en el vilo de una fervorosa plegaria, y ahora tronco erguido. Me inclino, siento su savia camino a la nube, y su perfume en mí se derrama. Y como si fuera poco, para esta alegría, un pájaro canta en mi ventana.

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