Edición Octubre a Diciembre 2017 Nº 115

Nuestra Gente, somos uno, somos todos
Paisaje Cultural Cafetero

Nuestra Gente, somos uno, somos todos

El sol dibuja su signo lento en mis manos, en este tiempo detenido en el habla inquietante de un tambor. No es mi paisaje, aquel de cumbres azul violeta que suelo mirar desde mi ventana en el Quindío. Hoy tengo frente a mí las Montañas Rocosas, grises y blancas, que se yerguen desde los cristales de una pavorosa glaciación. Soy, en este momento, espectadora de una fiesta folclórica que honra la memoria de los indígenas que habitaron la América septentrional.

De quienes desafiaron los bosques torrenciales de hielo y hundieron sus manos en las heridas de la tierra, para arrebatar el sol vencido entre las piedras y sostener el espíritu en el hallazgo de su propia conciencia.

Un grito de guerra se enreda en la piel de los tambores y despierta en mi corazón un miedo antiguo. Comprendo, entonces, que no existen las fronteras, tampoco nos separan el pan o los idiomas. No hay océanos ni cordilleras capaces de modificar la esencia única del hombre. Somos el mismo ser que tembló ante las garras de un león, descubrió el fuego, miró por vez primera las estrellas, y halló en la garganta una voz gutural que hizo palidecer la hierba. Ese mismo individuo que se inició en el amor y en el abrazo.

Debo escribir sobre nuestra gente del Quindío. Este compromiso me lleva a pensar en el ser humano desde su inicial presencia en el planeta. Poseemos el mismo código de la vida; no importa que nos separen latitudes y siglos. Traemos la historia de ese hombre primitivo de Java, que vivió probablemente el pánico de las llamas azules expulsadas desde las rocas incandescentes de los volcanes asentados sobre un anillo de fuego. El mismo que, quizás, un día, encontró en el nácar de una perla algo misterioso que desde el fondo lo miraba.

Somos uno y todos. Una larga vida para ser vivida, y muy corta para ser contada. Venimos de hombres y mujeres primitivos que empezaron su proceso de expansión posiblemente desde el África negra hasta Euroasia, tal vez hace casi dos millones de años. Y encarnamos, así mismo, a esos humanos modernos que emprendieron su penosa travesía desde las arenas desoladas de los desiertos de Etiopía: quizás del arábigo, cinta del Sahara enmarcada por la memoria sanadora del Nilo, y del tapiz ardiente del Danakil.

En nosotros habita el resplandor del primer hombre que hizo música con un tambor. Le bastaron la oquedad de un tronco y un trozo de piel, para crear un ritmo que llevamos inmerso en las arterias como un diamante negro que se exalta con los sonidos ancestrales y nos lleva hasta nuestras más remotas palpitaciones.

Y continuamos nuestro viaje, nos extendemos y transformamos como los océanos. Nosotros, una especie nueva que realiza los mismos procesos vitales del delfín o de la mariposa; reyes derrotados por la misma naturaleza que no servimos ni cuidamos. Padecemos, a cambio de nuestra ambición e indiferencia, el deshielo de los polos, los huracanes, las sequías y el hambre. No entendemos nuestra fragilidad como reciente rama de ese gran árbol de la vida.

Estas reflexiones me conducen por los caminos cruzados de sol y verdes impetuosos del Quindío, uno de los lugares que albergó la etnia de los quimbayas, orfebres del oro y del valor. En esas veredas nuestros campesinos cosechan las cerezas rojas del café y siembran otra vez las plataneras, destrozadas por tempestades. No desfallecen, son vigías amorosos de esta franja incluida en el Paisaje Cultural Cafetero, declarado por la Unesco como patrimonio de la humanidad. Conocen la riqueza del río de aguas transparentes y entienden la maravilla de cuanto jamás podrá crear el ser humano mediante la ciencia y el arte.

Descendientes de colonizadores antioqueños llegaron inicialmente a pie y a lomo de mula a la región que años más tarde se denominaría Caldas. Desafiaron la quebrada geografía y los peligros de un entorno desbordante. Algunos decidieron buscar otros espejos, como el tesoro de Maravélez, ubicado en un valle abrazado por una serpentina de ríos en cuyas arenas el oro encendía sus lámparas. Trazaron trochas y se hundieron en la fatiga hasta pisar un lugar sin nombre. Años más tarde se llamaría Quindío, mapa dibujado por el vuelo otoñal de los pájaros. Familias de otras regiones buscaron la tierra nueva llevando solo un sueño por brújula. Descubrieron inmensos guaduales bañados de luz que cegaban el paisaje, y anclaron en ellos la vida entera.

 Sus compañeras caminaron como las mujeres bíblicas: con unos hijos en brazos y otros palpitando en el vientre. En sus sandalias, Sara, Raquel, Débora y Rahab pisaron el suelo ubérrimo. Anónimas y silenciosas encendieron para siempre el fuego y desgranaron en cada mazorca sus más callados anhelos. Las inspiró un crucifijo guardado en el tejido áspero de una estera, lento fondo de mar. Ellas, las mujeres campesinas, las nuestras, que agotan sus veranos barriendo estrellas y guardan en las canteras de amor de sus pechos la leche que no se seca para los críos.
A esos aventureros no los derrotaron las bonanzas extraviadas: ni el oro que pronto se volvió ilusión, ni los árboles de caucho de hojas quemadas. La lucha por la subsistencia continuó, y, un día, a finales del siglo XIX, un árbol de frutos bermejos despuntó al borde de la angustia: un cafeto. Otra ruta para imaginar el futuro. Se formaron los minifundios, y en torno a una taza de café se edificó una cultura propia, y una economía que durante muchos años se constituyó en el primer renglón generador de divisas para el país.

La lucha repetida, los fracasos, la necesidad de reinventarse, de beneficiar el café ―un producto que debe someterse a diversos procesos― han hecho de nuestros campesinos personas dispuestas para el aprendizaje, el trabajo y la creatividad. La Federación Nacional de Cafeteros construyó escuelas en todas las veredas, de allí el nivel cultural de quienes labran la tierra. De manera indefectible, una imagen del Sagrado Corazón de Jesús invita a la casa de geranios y jazmines. Faltan respuestas, sin embargo la esperanza sigue viva.   Esa fuerza para enfrentar la adversidad hizo posible la reconstrucción de pueblos y destinos cuando todo se volvió añicos en 1999. Pudo más la tenacidad de nuestras gentes que el devastador choque de las placas tectónicas. Era preciso empezar otra vez, pero ¿cómo? Terratenientes, campesinos y quienes íbamos despavoridos por las calles volvimos los ojos a los anillos de agua de los guaduales arropados de garzas y a las montañas remando el cielo, y asombrados entendimos el valor de lo irremplazable.

Ha terminado la danza frente a las cumbres grises y blancas en este lugar de América boreal, y el águila recobra sus plumas pardas. Enmudece el tambor que me trajo de vuelta miedos ancestrales. Miro mis manos de sol vacías, y advierto las líneas mínimas que señalan esta astilla de mi vida. Somos uno y todos: nos abisma el mismo astro, y nos desvelan desde siempre idénticos interrogantes. Escribimos a plena luz nuestra historia de muros y puertas herméticas mientras dura la vendimia y el vino se torna ácido.

Por: ESPERANZA JARAMILLO
Tags: Paisaje Cultural Cafetero

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