Edición Enero a Marzo 2018 Nº 116

¡De  lluvia y de sol este grano! ¿Cómo?
Paisaje Cultural Cafetero

¡De lluvia y de sol este grano! ¿Cómo?

A las cinco de la tarde, cuando disfruto una taza de café y se aroma mi estudio, regreso por los caminos verdes de la memoria. Ha cesado la lluvia, un sol acabado de nacer lee los contornos de mis libros y desteje en retazos la montaña. Me detengo en una página de mi historia, cuando apenas iniciaba mi travesía en esta tierra amada. Lejos quedaba el paisaje de una perla de nieve ascendida en la escalera de los Andes.

Vuelvo a una mañana de guayacanes amarillos, en una calle de casas recién pintadas, de ventanas abiertas y alegres voces. El paisaje abría los postigos e invadía los corredores; era agosto, y el viento traía cometas perdidas, y hasta en los tejados de barro la vida se insinuaba en florecillas lilas. De pronto, observo a una anciana inclinada en un andén, mueve unas semillas doradas y lleva un pañuelo rojo atado a la cintura. Una tórtola huidiza abanica sus alas y sigue el ritmo ligero de aquellos dedos. Supe entonces que la mujer secaba el café cosechado en el patio de su casa.

Ese día comprendí que este lugar de brillantes cafetales, con aquel cobijo de árboles plateados, sería tinta indeleble en el espejo de un río que desde siempre busca mi orilla. Cuando me ausento, extraño el olor a jazmín de los cafetales —aire que no pasa—, y su palpitar invisible en la luz.

Existen muchas leyendas y mitos en torno al origen del café, pero todas coinciden en que su historia comienza en un lugar que mira al Mar Rojo y se vuelve uno en la herida azul del Océano Índico: en el Cuerno de África, en Etiopía, antes Abisinia. El mismo al que nos une la línea imaginaria del ecuador celeste. Tal vez el primer grano de café despuntó justo en el rincón donde los humanos modernos iniciaron su azarosa travesía para poblar la tierra. Y es negra la bebida como su génesis, como las pisadas antiguas que retumbaron en el corazón de la tierra. Padeció igualmente el rigor de los climas extremos, para constituirse en un cultivo capaz de fundar modelos de vida y una cultura de raíces profundas: un vínculo con la sacralidad de la tierra.

En todos los mitos que rodean su aparición surgen pastores y profetas, también religiosos que gracias al poder estimulante de la semilla prolongaron sus oraciones en mezquitas y monasterios. Aún ondula en la imaginación la elipse descrita por los granos que por casualidad o por rechazo cayeron al fuego y se transformaron en el delicioso aroma que para siempre lo nombra. Quizás la fisura perfecta de cada semilla permitió que la pasión del fuego la consumiera por dentro. Entonces un sutil crepitar de bosques impregnó los sentidos y se deslizó dulce por las naves y los estrechos claustros. Posiblemente esa transformación sucedió en un monasterio colgado de una nube, levantado sobre escarpados peñascos y con diminutas ventanas para que el frío no helara las plegarias.

La visión de las cerezas rojas cautivó a Egipto y a Siria, y al parecer las almendras fueron llevadas a Yemen con el sigilo de un secreto, a mediados del siglo XV. ¿Sembraría allí un mercader los granos que ocultara entre cúrcuma y seda? En Yemen, donde algunos valles se iluminan y el desierto Rub al- Jali rebasa el límite de la desolación. El lugar donde los hombres habitan construcciones de barro levantadas en pavorosos enjambres de torres. Y el polvo lo cubre todo con sus invisibles brillos dispersos. Y los camellos tienen los ojos más tristes y el alma más ajada.

Tal vez su máxima difusión se registró durante el esplendor del Imperio otomano, en los siglos XVI y XVII. Ansiosos lo degustaron en sus palacios sultanes y príncipes. Probablemente las oraciones en los monasterios y en La Meca subieron largamente al cielo. Y fue llevada después esta suerte de alubia por mercaderes venecianos a grandes ciudades europeas, donde se abrieron elegantes sitios que convirtieron el café en la bebida del pensamiento, la expresión política, la poesía y el encuentro. La bebida para empezar el día de las tareas y las cosas.

Ahora tomo el hilo de unas cuantas líneas que aparecen en la historia, para imaginarme los fragmentos, no mencionados, de una de las leyendas más bellas que explican el épico viaje del café por el Asia, y después, su venturoso arribo a la América: surgen personajes novelescos, uno de ellos llamado Baba Budan, musulmán, que al regreso de su peregrinación a La Meca, después de haberle implorado protección a Alá, y de paso por Yemen, disimuló entre su ropa siete granos de café, los bendijo y apretó junto al corazón.
Cruzó valles y se agotó en el caminar por el desierto; se unió a varias caravanas que venían de Egipto llevando lino y especias para la India. Lo fascinó un perfume que lo aromaba todo: la canela. El mismo olor que despertó de su malicioso sueño a una serpiente de bandas oblicuas y anillos negros. En el puerto de Moca, frente el Mar Rojo, le contaron la historia de esos granos maravillosos encontrados por Marco Polo en su viaje por Arabia. Este hecho reafirmó su valor, y Baba Budan se embarcó rumbo a Nepal. No mencionó el tesoro que lo acompañaba. En las noches sin estrellas temía ser asaltado. Transcurrieron meses, hasta que un día llegó a las montañas Chandragiri, y en una de sus laderas sembró los prodigiosos granos bendecidos por Alá. Lo observaron desde sus altos campanarios los árboles de pino de nudosas raíces. El bosque lo sabe. Allí está su tumba.

Los holandeses llevaron el cultivo a sus colonias, a comienzos del siglo XVII, posteriormente trasladaron un plantón desde sus tierras en Java hasta el jardín botánico en Amsterdam. Al parecer, durante el proceso expansionista de Luis XIV, un oficial holandés le ofreció una baya al rey, quien se la confió a un horticultor y, algún tiempo después, por esos descuidos maravillosos del destino, una pequeña planta llegó a manos de Gabriel Mathieu de Clieux, oficial de la marina francesa, que estaba de permiso en París. Aquí probablemente empezó la arriesgada odisea de su viaje a América. El oficial protegió la planta en una pequeña caja de cristal para que no le faltara el verde en el solsticio de verano, y las tormentas pasaran ligeras.

De Clieux emprendió una peligrosa travesía que lo llevaría a Martinica. El Océano Atlántico enfurecido golpeó, durante largas noches, la eslora de la embarcación. La Estrella del Norte ignoró a los navegantes, el caos fue otro oleaje en las entrañas de los hombres y del barco. Sufrieron los ataques de piratas tunecinos, y en una ocasión el viento perdió su memoria de ave y el navío se tornó roca inmóvil. Cuando el agua escaseó De Clieux compartió con el cafeto su ración; la agonía del hambre y las penurias se dibujaron en la hostilidad de los rostros. No estaba muy lejos de su destino cuando un hombre enfurecido trató de arrebatarle el cafeto que se había fortalecido con escasas gotas de agua, decidido a medrar en el clima tropical.

El mapa lo había trazado ya el azar, y de las Antillas pasó al continente. Bajó por Centroamérica y, un día esplendoroso a finales del siglo XVIII, pisó tierra colombiana: el país donde florecería libre en millones de azahares, y sus ramas frutecidas repetirían incesantemente que la vida es roja como la sangre. En esta aventura prodigiosa se maravilló con la esquina de mares en azul cruzados, ascendió por los Andes, deshizo atajos y trochas hasta llegar a un lugar donde los hombres le darían una patria pequeña. Un espacio que años después se llamaría Quindío.

Y desde entonces el café es la vida, la ilusión que se renueva cuando el perfume de los azahares invade los sueños y los corredores. Este grano prohibido inicialmente en varias culturas, custodiado y protegido, liberó sus secretos aromas en estas tierras, para convertirse en un cultivo familiar. En la oración de la mañana, en la fuerza poderosa del trabajo y del ingenio que ha llevado a nuestros campesinos a desarrollar mecanismos propios para beneficiarlo, en su laborioso proceso, desde la siembra hasta obtener el grano seco.
El café es parte de nuestra historia, con él compartimos éxitos y derrotas. Cuando los hombres bajan por los surcos montañosos a coger con mimo los granos rojos, parecen miles de banderas que no se doblan bajo las arremetidas del destino: hombres y cafetos, soldados en pie, tratando de sobrevivir a pesar de los vendavales.

¡Cuánto camino recorrido por una alubia para llegar a mi taza de café! Hay tanto sacrificio en la bebida y tantas leyendas como magia en Bagdad y en la Arabia Feliz. De mi humeante bebida emanan los cuentos de Las mil y una noches, con Ali Babá y los cuarenta ladrones, los viajes de Sinbad el Marino, y Aladino con su vieja lámpara; porque también allí están presentes el valor del trabajo, la constancia y la razón. Se me figura, en una exquisita licencia geográfica, que una gota del Río Tigris, aquel de la Media Luna Fértil, fecundó la primera semilla que se volvió plural e invisible bajo la hierba.

La anciana del pañuelo rojo aún se inclina sobre los granos y los separa con delicadeza, como si tuviera entre sus manos un manojo de rosas amarillas. Yo la observo desde la colina de mis años, como en un encuentro de naves perdidas. Y siento que en mi taza de café hay un encantamiento: ¡de lluvia y de sol este grano! ¿Cómo?

Por: Esperanza Jaramillo

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