Edición Julio a Septiembre 2018 Nº 118

La memoria del fuego: su maravilla y su desafío
Paisaje Cultural Cafetero

La memoria del fuego: su maravilla y su desafío

Califica este artículo:

Sé humilde, pues estás hecho de tierra.
Sé noble, pues estás hecho de estrellas.
Antiguo proverbio serbio

Imagino nuestro planeta en su origen como un cántaro de piedra en espera de un atisbo luminoso, cuando el tiempo congelado despertó, y se originó en el océano el primer signo de vida, quizás como una brizna en la ladera de una piedra. Entre tanto, el fragor del Big Bang aún retumbaba en las profundidades de las corrientes marinas. Algo extraordinario ocurrió tal vez en el ansioso ondular de mínimas redes diáfanas: el Espíritu y la Perfección de una Inteligencia Superior imprimieron el primer jeroglífico indeleble de la vida. Y en un prolongado esfuerzo esa energía bebió despacio la luz del sol y trazó un mapa que multiplicaría su fluir en infinitos espejos y en todo cuanto habita el universo: en las hojas del otoño, en la espiral de una galaxia, en la membrana azulosa de un insecto y en la prisión de nuestros huesos.

La Rúbrica mineral en ese lienzo desencadenó para siempre su más asombrosa epopeya. Las algas presintieron que afuera ya había oxígeno y con lentitud se asomaron a la orilla; el fulgor escindido de las esporas conquistó los peldaños del viento. Abrumadas se multiplicaron y salieron a poblar la tierra, a resistir su nuevo entorno seco, abrasador y espejeante: agua, oxígeno, energía solar, y probablemente una fronda de helechos empinó su anhelo de árbol. Y una flor descubrió el universo: siguió el mandato de la inteligencia concedida y se colmó de néctar para seducir a una abeja curiosa que derrocharía el tesoro de su polen.

la memoria del fuegoEn todo ese recorrido milenario de la creación surgió ese hombre desolado, el más indefenso de todos los animales, presa aterrada de las fieras y las tormentas. Necesitaba una fuerza deslumbrante para defenderse y conquistar su propio cerebro: le faltaba el fuego. Quizás el chasquido de un relámpago prendió la rama de un árbol y encendió la primera tea, que prolongada en otras llamas alumbró la caverna, calentó la piel y apabulló al león. Les agregó un sabor nuevo a sus alimentos, estimuló la comunicación en torno a la hoguera y bajo esa lumbre se acariciaron las miradas y el alarido encontró por fin la voz que en la garganta era una nave encallada.

Su descubrimiento lo empujó como un colosal oleaje a explorar la mente; posiblemente la inteligencia intuitiva y la información lo condujeron al pensamiento abstracto, a las ideas, a la construcción del yo y del ser. Surgirían entonces las eternas preguntas, aquellas que aún hoy nos inquietan. Así mismo alcanzó poder para crear y destruir. Para iniciar la mayor aventura de la humanidad.

Tal vez en ese instante la realidad se transformó; el hallazgo lo ensoberbeció y rompió inexorablemente su lazo con la madre tierra. Olvidó su pequeñez de grano lanzado a la intemperie, de materia en agonía constante. Inventó dioses y hechicería y ritos en su pretensión de torcer y enderezar el destino imperturbable. La filosofía escribió entonces su primera página: ser mucho y no ser nada. Esa especie nueva aprendió a amar y olvidar y sintió la ternura del abrazo en cada alumbramiento. Se hizo líquida el habla y la imaginación pintó su maravilla y su tragedia en las paredes de la cueva: nacería así el arte como una flor de agua. Esa magia que nos permite transformar lo visible y encontrar lo intangible, e ignorar el golpe amenazante de las mareas.

Con esta prodigiosa llama el ser humano rebasó la anchura de las ideas y las fronteras. Pasó del refugio seguro a la sílaba de metal y bronce, a la canoa y a las redes. De la construcción de templos y ciudades, a la nave, a la conquista sideral y al aniquilamiento de pueblos y hermanos. Entre sus aciertos permitió que el poder de antiguas estructuras dominantes rodara como un par de dados sobre la superficie de un espejo negro. Al final tanto desarrollo y soledad y tristeza de mares oxidados.

Rasgamos el nexo amoroso con la Tierra inocente alterando su armonía; de esa pavorosa travesía traemos el miedo a nuestros semejantes, al desmoronamiento de la montaña y a la furia del río mancillado. Es cierto que se multiplicaron los fuegos artificiales de nuestro ingenio, como aquella vara de bambú que liberó, por la gracia del azar, su desasosiego en chispas de colores a lo largo del valle del río Amarillo. Pero traspasamos el umbral, no controlamos el poder de esa llama capaz de destruir con una chispa un bosque milenario, y volver llanto el humus trabajado durante siglos por el sol y la lluvia con paciencia de artesano.

Nuestros ancestros replicaron la historia del fuego en la arquitectura y copiaron, a su manera, un espacio para reunirse en torno a la alegoría de la llama: el patio. Hicieron propia la herencia de pueblos árabes e ibéricos, para que los jazmines con su perfume figuraran la nostalgia. En esas casas el sol vistió de rojo los leños, y la brisa de los guaduales entró por los postigos deshojándolo todo. El patio y el bosque y la montaña tan cerca, y ahora el corazón tan ausente. Debemos proteger este paisaje de bambú cuando el tapiz sonoro de sus hojas secas puede, por descuido nuestro, intentar la grafía viva de la brasa. Los guaduales cuentan la historia del viento al pasar, la sola palabra que los nombra es un tazón rebosado de agua.

Ahora apagaré la vela que enhebré a la rara presencia de una estrella. Derritió su brillo mientras escribía la memoria del fuego. Pienso que esa lumbre viene conmigo desde del útero atemporal de la energía, porque descendemos del fuego. Somos fuego. Memoria de roca fundida impactada por meteoritos en la secuencia infinita de cuatro elementos.

Por: Esperanza Jaramillo
Tags: Paisaje Cultural Cafetero,La memoria del fuego: su maravilla y su desafío

TE PUEDE INTERESAR

©2018 asisomos.comfenalcoquindio.com | todos los derechos reservados
Powered by: rhiss_logo