Edición Octubre a Diciembre 2018 Nº 119

Una gota en mi ventana: La vida del agua
Paisaje Cultural Cafetero

Una gota en mi ventana: La vida del agua

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Es septiembre, llovió con intensidad toda la noche. Ahora el amanecer espejea sobre el cristal de mi ventana, se filtra en diminutos arcos de colores. Observo la elipse que una gota dibuja hasta perderse en el borde del postigo. Todos los hilos se adelgazan y multiplican. Así transcurre nuestra vida: un instante de júbilo y después fragmentos descendidos en el espacio donde la palabra se privilegia. Y el existir se torna paciente, no hay afanes, los esfuerzos individuales pierden su brillo diferenciador.

¿Qué pasará al otro lado del cristal? Observo los riachuelos luminosos que palpitan en las hojas rojas del almendro, el árbol que copia otoños y sequías sin saberlo. Siento que el agua en sus ondas y en su temblor lo acerca a un ciclo: lo convoca y desborda en el plano invisible de todo cuanto existe. Me pregunto si he aprendido la lección del árbol. Si me he liberado de las ataduras para reiniciar la travesía, reconociéndome mínima como esa lágrima de lluvia.

Una gota en mi ventana Sé que venimos del agua, viajamos en la memoria de sus corrientes marinas, vamos tras ella; su fluir nos regocija y sosiega. Calma la desazón en nuestras búsquedas, en nuestro intento por encontrar la alteridad, en la urgencia de construir un espacio para compartir las alegrías y soportar las desdichas de nuestra condición humana. Nos sobrecogen su temeridad y poder. ¿Cómo explicar que tiene la forma y el color de todas las cosas, que dibuja nuestras manos y de alguna manera se derrama? ¿Cómo entender que su voz guarda los primeros estertores de la tierra? ¿Que puede ser mansa y, en ocasiones, fuerza incontenible y destructora, para recordarnos el llanto de todos los hombres de la Tierra?
Cuando abre sus alas perfora la roca más compacta; inútiles son las barreras para sujetar su audacia. Se despeña en espuma y centellea blanca, repite contra las piedras el Om de la creación, las devuelve a su origen de pequeñas mariposas de arena. Fue la primera maestra del hombre: le enseñó la navegación mostrándole que sobre su lecho de medusas el cuerpo del árbol caía como ligero rayo de sol.

Hemos recorrido tanto, y hemos sido incapaces de reemplazarla: sin ella estamos perdidos, su escasez nos angustia y resquebraja y conocemos la aridez de los desiertos. Nos basta la soledad de un cristal en su espera para entender la hondura del vacío.

La naturaleza no aguardó a que los mercaderes sirios que se dirigían a Egipto, llevando su preciosa carga de natrón, descubrieran por azar la forma de fabricar el vidrio. Lo produjo antes con el impacto de los rayos sobre la sílice, tal vez en una playa, para que una lágrima de lluvia se mirara, y cantara la hazaña siguiendo el arroyuelo y, después, otros destinos. Y así vamos nosotros contando nuestra historia de mínimos continentes, desde la pequeñez abrumadora hasta el infinito. Suspendidos entre dos dimensiones, y vadeando el río, cada día más lejano... ¿y dónde el océano? A veces no hay navío que, a tiempo, los alcance, hasta que sentimos el corazón fatigado de tan audaz oleaje. Y entendemos que era más sencilla la travesía: la aventura de un canto rodado.

Para conocer un origen remoto del agua crucé el Báltico y luego otro mar helado y extraño, y vi desde la cubierta de un barco desvanecerse, en un velo de niebla, la cascada de las Siete Hermanas, en el fiordo de Geiranger. El agua, desplomada desde las rocas de agudos acantilados, desciende dócil a un valle frondoso y crea innumerables riachuelos. Subí hasta tocar el hielo iridiscente del glacial Briksdal, esa nieve mordida por el viento en asombrosos cristales de trazo geométrico: lobos de mar incrustados en pavorosas paredes, que van desde el gris profundo hasta el verde en deshielo.

Seguí también el curso subterráneo de un río antiguo en la Riviera Maya, que miró sorprendido a los hombres volverse jaguares y elevar al cielo su gratitud por el nacimiento de las cosechas. Hombres que se volvían fieras y humildes granos de maíz, y seguían entre cantos y ofrendas las misteriosas corrientes de agua dulce, camino de los alumbramientos del Atlántico. En las paredes que encierran su curso se imbrican y desgarran las raíces de los álamos en desesperado duelo por tocar el manantial.

Y, siempre junto a la montaña, el agua de este río que me cruza desde el alba y llevo impreso en el temblor del aire que no pasa: el Cauca. Cuando crucé el puente por primera vez, supe que la madera lloraba y que las mujeres negras tenían de colores el alma. Aún su queja me lleva, en las noches largas, hasta la tierra húmeda donde las estrellas se desvelan y las frutas pulverizan el sol en sus entrañas. Aún espero como esa niña la sirena de un barco y una nota de jazz adelgazándose en la distancia.

He llegado hasta aquí por esa gota que tocó lenta mi ventana: hoy comprendo que la vida es el reinvento de la Luz en el agua. Itinerario de lluvia hacia el tacto azul del hielo.

Una gota en mi ventana

Por: Esperanza Jaramillo

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