Edición Abril a Junio 2018 Nº 117

Ámbar para un largo sueño
Paisaje Cultural Cafetero

Ámbar para un largo sueño

De esta lenta y paciente travesía por las palabras conservo junto a mis libros una piedra de cristales pardos, una estrella de mar desteñida por los años y una concha que me cuenta la nostalgia de un abuelo que escribió versos y, un día, se embarcó rumbo al Azul de un poema cuando la vida apenas le mostraba su inquietante rostro. La voz de Rubén Darío marcó su tierra nueva y desplegó altas las velas de su corazón; lo llevó después a la isla donde otro hombre inspirado e impetuoso escribió para siempre: Y hay días en que somos tan sórdidos, tan sórdidos, / como la entraña obscura de obscuro pedernal. Y esa amistad se selló para siempre en el canto rodado de la memoria de otras generaciones.

No conozco otra brújula más verdadera que las palabras con su pavorosa fuga y su tormento; no hay para mí otro puntero capaz de señalar lo invisible en el borde ciego de la luz. Y aquí navego obstinada, en esta página, marinero sin mar, para detenerme en la historia fragmentada de las rocas; en la escritura del universo. En el maravilloso evento de la brisa y el hombre narrando siempre su memoria en la piedra y con ella edificando civilizaciones. Entre tanto, otros intentamos en vano un viaje a la eternidad por el borde de su geografía.

¿Cómo concebir la supervivencia del hombre sin ese material que le permitió construir su primera herramienta, darle el golpe certero a la fiera e imaginar una caverna para detener la angustia y las tempestades? Desde un grano de arena, el hombre levantó un dolmen para la noche incierta. Nuestro deambular por océanos y montañas está hecho de sus minerales, en ellos nuestra voz retumba, se vuelve mar y vereda. Las piedras herméticas, en apariencia, tienen otro tipo de vida: su capacidad de ser y volverse deleznables, de modificar su forma y de esculpir alfabetos tan antiguos como el primer sonido de la Tierra. De retener en su cárcel de niebla una gota de agua para ofrecerla al azar de una semilla entumecida que, tal vez, llegará a ser roble de raíz pertinaz en el precipicio temible de un acantilado.

Las piedras guardan la sangre y las lágrimas de miles de hombres que las llevaron sobre los hombros de su propia hazaña vital para erigir templos y gloria. Por su grafía se desentraña y despeña el origen de civilizaciones antiguas. Rocas con carácter ceremonial para la ofrenda y el encuentro con los dioses. Lajas maravillosas para volverlas arte, obras maestras del espíritu, la arquitectura y la ingeniería.

Una presencia como un canto súbito, como el viento cantando en el incendio, una mirada que sostiene en vilo al mundo con sus mares y montes, cuerpo de luz filtrada por un ágata...
Octavio Paz, Piedra de sol

Rocas para guardar por siempre las pisadas de un dinosaurio, el nado veloz de un tiburón, la pluma ocre de un águila en espera de la corriente de otro vuelo, el velo nupcial de una libélula y el insecto prisionero en la resina brillante de un cedro. Ámbar para un largo sueño. Todos los seres vivos que habitaron nuestro planeta regresan en destellos minerales al alba de una cantera.

Nos asombra saber que dentro de la tierra, en su estructura de capas concéntricas, existe una energía líquida de roca fundida; un gran cetáceo de fuego que navega, se contrae y, en ciclos misteriosos, se quiebra en extraordinarios cristales. Y que el magma furioso, ascendido a la corteza terrestre y derramado en ríos hirvientes por las fauces aterradoras de los volcanes, entra después en reposo y, manso e inocente, esculpe rocas y paisajes de insospechada belleza. En la región de los Grandes Lagos de África hay un círculo rojo de lava humeante, cuyos reflejos alcanzan las aguas del Lago Kivu, en el gran valle del Rift, conocido como cuna de la humanidad.

Asumimos sin preguntas los fenómenos de la naturaleza y su precisión matemática. No indagamos la maravilla que encierra un diamante, ese carbono cristalino aferrado a las entrañas de la tierra, que llega a la superficie a través de las erupciones volcánicas y guarda en cada arista una leyenda de millones de años. Y tampoco nos preguntamos cómo se realiza esa alquimia en la corteza de la Tierra, que enfría y cristaliza el magma, tallado después por la lluvia y el viento hasta formar piedras preciosas: el ópalo, el moldeado con polvo de estrellas, o el que copia el océano en un malabar de peces y corales. En las noches de los siglos se fragmentan y llenan de intensos colores: turmalinas, cuarzos, azuritas y rubíes.

Y el milagro de esta alquimia no termina allí: la ceniza volcánica fertiliza las rocas que cubre, y da lugar a tierras privilegiadas como el suelo que nos acoge, cuyos caminos podrían trazarse con guayacanes amarillos y luciérnagas. Es preciso hacer un uso racional del suelo para preservar la urdimbre que tejen los colibríes y las abejas, para no silenciar este río de clorofila que nos fue dado. Flores para libar la miel de un atardecer. En el Quindío bastan solo unas gotas de agua para que las piedras olviden su destino. Tantos secretos, tanto prodigio y aún ignoramos que pisamos vida en lugar de hierba.

Entre mi piedra de cristales pardos, la estrella que olvidó su espejo, y la concha de mar del abuelo soñador que hizo versos hay un nexo de vida y un movimiento detenido en espera de oleajes.

Conservo estos recuerdos intactos ahora en mi tiempo. No sé qué pasará después con mi conciencia y mis pensamientos, cuando se oculte el sol que llevo por dentro. Para mi certeza de que soy Su Sierva, una gota de Su Sabiduría y oído humilde de la tierra, me bastan el abismo de la simetría y de la llama en las alas de una mariposa.

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