Edición Enero a Marzo 2018 Nº 116

Lo mejor es enemigo de lo bueno
Lenguaje

Lo mejor es enemigo de lo bueno

Alguien podría suponer que la frase «Lo mejor es enemigo de lo bueno» es una justificación de la mediocridad, pero no. La dijo Voltaire, el filósofo francés, y la dijo con muy buen juicio, pues no pretendía defender la pereza, sino equilibrar la exigencia, para estimular el emprendimiento de todos, y no solo de los genios que en el mundo hay.

Recordemos que «lo bueno» tiene como comparativo «lo mejor» y como superlativo, «lo óptimo». Tal vez la frase de Voltaire hubiera quedado mejor traducida como «Lo óptimo es enemigo de lo bueno», pero no importa. No vamos a corregir ni al filósofo, ni al traductor. La enseñanza está ahí, en una fórmula que, como lo que enseña, es susceptible de mejorar.
A partir del axioma de que Dios es perfecto, por definición, todo lo demás, todo lo creado, todo lo que no es Dios, es imperfecto, o para decirlo de manera positiva, todo es perfeccionable. Siempre se puede mejorar lo que se hace. Siempre podemos mejorar nosotros mismos, pues nunca seremos perfectos. Lo mejor, de que hablaba Voltaire, es ser perfecto, mientras que lo bueno, es lo ideal.

Recordemos también que «lo malo» tiene como comparativo «lo peor» y como superlativo «lo pésimo». En esa línea, Aristóteles había acuñado muchos siglos antes de Voltaire su principio «In medio virtus», que significa ‘La virtud está en el medio’. Y ahí está la clave para entender lo que dice el pensador galo. Lo bueno, lo ideal, no está en ninguno de los dos extremos (lo óptimo y lo pésimo), sino en medio de ellos.

Esa enseñanza, tan manipulada por políticos y gobernantes en los últimos tiempos, tiene aplicación práctica en muchos campos de la vida.

Familia

Hay papás que en la educación de sus hijos se sitúan en el extremo de lo óptimo y papás que se sientan en la banca a ver qué pasa. Los que se sitúan en el extremo de lo óptimo quieren que su hijo sea el mejor en todo. «Pa, quiero ser ingeniero». «Bueno mijito, sea ingeniero, pero sea el mejor ingeniero del mundo», frase de cajón que acomodan a cualquier profesión, deporte, arte u oficio, «Ma, quiero ser actriz», «Bueno, mijita, hágale, pero yo veré; tiene que ser la mejor actriz de Hollywood». Cuando oigo a papás poner esas metas imposibles, porque todos dicen lo mismo, y no todos pueden ser el mejor o la mejor, les digo, si no resulta demasiado impertinente, «Sí, que sea el mejor, o por lo menos, que sea feliz en lo que haga», queriendo decirles, en realidad, que no pongan la vara tan alta, que la bajen, y dejen que su hijo o su hija sea feliz en la actividad que escoja.
Otros papás, les decía, se sientan a ver qué pasa. «Mi hijo va a ser lo que él quiera. Yo no intervengo para nada. Si quiere ser piloto de cohete, que sea piloto de cohete, y si quiere ser contrabandista, que sea contrabandista». Yo les digo, para que lo piensen al menos,  que muchos hijos exitosos son proyectos de familia. Había una mujer en el Valle del Cauca que le confeccionaba a su hijita vestidos de cantante de feria y la llevaba a cuantas tarimas podía y a cuantas emisoras les abrían sus micrófonos a los nuevos talentos del canto. Esa niña terminó siendo Marbell. Y había un futbolista que cuando concibió a su hijo dijo que ese hijo sería futbolista, un gran futbolista; le puso nombre de futbolista; lo llevó a la escuela de fútbol de Silvano Espíndola, y ahí lo conocieron los cazatalentos del River Plate, y se lo llevaron para hacer de él el gran delantero que es hoy. Se llama Falcao García.
Lo mejor, que se gane el Nobel de Economía, es enemigo de lo bueno, que sea un feliz y acertado contador al que no le salgan mal las cuentas. Lo mejor, que sea lo que quiera, es enemigo de lo bueno, que el papá y la mamá lo orienten, lo asesoren (no lo obliguen) en su camino. 

Colegio

Esta consideración la haré con una historia personal. Mi hijo mayor estudiaba en el colegio que cada año queda en el primero, segundo o tercer lugar del Icfes. Al llegar a sexto grado hizo crisis. Iba perdiendo hasta educación física, siendo como lo era un excelente deportista. Un buen amigo, educador y promotor de colegios, me dijo que podía pasar a mi hijo a uno de sus colegios, que estaba en el puesto 300 del Icfes. Acepté la oferta. Mi hijo cursó ahí el pedazo de sexto que le faltaba y siguió hasta once, hasta graduarse de bachiller. No solo fue feliz en ese colegio, sino que fue académicamente el mejor de su promoción, y luego estudió su carrera, y es un profesional de gran éxito, con una bella familia, dos lindos hijos y un premio de Cannes, como por no alargarme demasiado.
Es el mejor y más cercano ejemplo que tengo de que lo mejor, en este caso el colegio con la máxima calificación del Icfes, es enemigo de lo bueno, en este caso el clasificado en el número 300.   

Universidad

Aquí haré una comparación entre el sistema colombiano y el español.  Hacer en Colombia un doctorado, que como ustedes saben es el grado universitario que sigue a la maestría, es casi imposible. Las exigencias académicas son enormes, la tesis debe ser larguísima, y la sustentación, un verdadero escarnio de 3 horas, a cargo de engreídos sabios y sabiondos empeñados en demostrar ante el doctorando su superioridad. Son pocos los que haciendo gala de resistencia casi sobrenatural y paciencia infinita alcanzan un día, después de muchas neuronas quemadas, el anhelado título de doctor, para salir al mercado laboral y ganarse un sueldo comparativamente irrisorio, dicho sea de paso.
En España, la ley establece que los doctorados deben constar de l00 a 115 créditos, una tesis de 70 páginas y una sustentación de 15 minutos.

Lo bueno, un doctorado con exigencias razonables, es enemigo de lo mejor, un doctorado casi imposible, que exige el nivel de inteligencia de Goethe.

Alguna vez, don Francisco Gómez Antón, director del prestigioso Programa de Graduados Latinoamericanos, del que fui becario en la Universidad de Navarra, nos dijo que no nos había escogido por ser los mejores, sino por ser los que él veía con mayores posibilidades de desarrollo y con mayor necesidad de ayuda para enrumbar de manera definitiva y acertada nuestra carrera. Entendimos que los mejores tenían ya la vida resuelta, y que nosotros, los premiados con las becas, no éramos los mejores, sino los buenos.

Empresa

En las empresas se van formando equipos que llegan a armonizarse de maravilla. Para conformar esos equipos no se necesita que todos sean lumbreras. Si acaso, que haya una lumbrera y que, como se dice en estos tiempos de exaltación del deporte, los demás tengan la camiseta puesta. En esa línea, muchas veces los jefes prefieren contratar a una persona comprometida y dispuesta a dar todo de sí que un profesional con tres carreras a cuestas y unos humos que dan miedo.

Lo mejor, aquí, sería contratar a Bill Gates como jefe de Informática; a Tony Robbins, como director de Recursos Humanos, y a Robert Kiyosaki, como líder del equipo de ventas. ¡Qué empresa! Sería la compañía más admirada y envidiada de la región. Sería la mejor empresa. Sin embargo, con buenos empleados locales, dispuestos a trabajar con dedicación y eficacia, se puede lograr que sea una buena empresa. Y eso es suficiente. ¡Y más que suficiente!

Vida

    Para todas las decisiones de la vida es bueno aplicar este principio, «Lo mejor es enemigo de lo bueno». Hay que decírselo a las chicas casaderas que siguen buscando su príncipe azul. Ese bendito príncipe es lo mejor, pero un plebeyo trabajador, responsable y amoroso puede resultar bueno.

    «Más vale malo conocido que bueno por conocer» es una frase más nuestra, que apunta a lo mismo, y que nos recuerda que lo real, lo tangible, lo que está a la mano, lo bueno, es preferible a lo ideal, lo perfecto, lo lejano, lo mejor.

Los entrenadores personales advierten que exigir y solo admitir lo excelente, lo óptimo, lo mejor, causa frustración, mientras que pedir lo posible, lo adecuado, lo bueno, causa satisfacción.

Los talleres de felicidad, cada vez más frecuentes en las empresas, apuntan a lo mismo. Muchas veces se le pide al paciente, al empleado, simplemente bajar el nivel de exigencia personal. «Me bajé del Mercedes a la moto», me decía alguien hace unos años. Eso significaba haber bajado los ingresos, el estrato y el estrés, y haber subido la calidad de vida, la satisfacción y la felicidad. Lo mejor, el Mercedes, es enemigo de lo bueno, la moto.

Hace poco asistí a una conferencia de Pedro Medina, empresario que trajo McDonald’s a Colombia en 1995. Su discurso es impactante. No hay quien no llore al oírlo decir que abandonó a su hija por mantener arriba la empresa. Hoy Pedro Medina vive en una maloka, rodeado de verde, sin televisión, sin compromisos empresariales, sin walkie talkies, sin llamadas diarias a Oak Brook (Illinois) para dar cuenta del aumento en las ventas, sin estrés, disfrutando de su familia, de los pájaros, de los perros, de los gatos y del aire limpio del campo colombiano, repitiéndole a todo el que quiera oírlo estas cuatro palabras «¡Se acabó la guerra!». Por supuesto lo dice por el proceso de paz, pero más allá de eso, lo dice también porque, para él, se acabó la guerra de las hamburguesas.

    Lo mejor, ser a nivel mundial el franquiciario más destacado de McDonald’s, cambió a lo bueno, vivir en paz y armonía, rodeado de amor y de paz.

Por: Fernando Ávila, Fundación Redacción

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