Edición Julio a Septiembre 2018 Nº 118

¡Sí!
Lenguaje

¡Sí!

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En el crucigrama sabatino que suelo resolver hay siempre alguna pista para llenar dos cuadritos con la misma palabra: SÍ. A veces la pista es «Agachate el sombrerito, y por debajo mirame», que es parte de la letra de un viejo bambuco, o a veces «¡Cómo te extraño!», o simplemente «Te amo». Cualquiera de esas pistas u otras parecidas son clave de la misma palabra: SÍ.

Y es que sí es la palabra más amable, agradable, constructiva y saludable. Piénselo a ver si no. Cuando usted se postuló para una beca, y le dijeron «sí!», ¿no saltó de alegría? Cuando se cuadró con su pareja o más adelante cuando le propuso matrimonio, y ella dijo «¡sí!», ¿no le aletearon mil mariposas en el estómago? Cuando siguió el proceso de selección para el puesto que tiene actualmente y al final de él le dijeron «¡sí!», ¿no irradió su cerebro una energía que agitó su corazón y alivió su estómago?

Todo eso, saltar de alegría, sentir mariposas en el vientre, irradiar energía, etc., es lo que genera la buena salud, la calidad de vida, la felicidad, y, según los más recientes estudios científicos, la longevidad. Y todo esa fuerza positiva que se convierte en buena salud se origina en las palabras, en las palabras positivas, en palabras como «¡sí!», que es la más significativa de todas.

En todo caso, como enseña el crucigramero sabatino, un «¡sí!» puede ser también un «¡Aprobó el examen!», «¡Está contratado!», «¡Cuadrémonos!», «¡Casémonos!», «¡Se lo compro!», «¡Ya mismo le pago!», «Hagamos las paces», «Viva la fiesta»… Un «sí», según quien lo diga, puede sonar también «sip», «ey», «zí», «yes», «oui», o puede convertirse en «¡Bueno!», «¡Correcto!», «¡De acuerdo!» y hasta «Okay!». No importa, porque «sí» no es un conjuro, sino una actitud, una forma de actuar, una forma de vivir.

Luis Castellanos

Luis Castellanos es doctor en filosofía pura, youtuber, conferencista y autor del libro Educar en lenguaje positivo. Pues a este gurú español, que habla de la importancia de las palabras positivas en la vida, le preguntan cuál es la palabra fundamental, y él contesta: «¡Sí!». Y agrega que esta palabra da poder, construye, abre puertas y tiende puentes. Y precisa síes: sí a la curiosidad, sí a la admiración, sí a la aventura, sí a la alegría. Asegura Castellanos que el «sí transforma nuestra realidad, hace que todo esté equilibrado y permite un envejecimiento satisfactorio».

Recuerda que las palabras positivas se somatizan en buena salud y producen felicidad, de la misma manera que el «no» duele, enferma y mata.

Como comprobación científica de esta teoría, que para mí, dicho sea de paso, no es tan teórico, pues lo he experimentado en mi propia vida, Castellanos toma un estudio realizado a setecientas y pico de monjas, que donaron su cerebro para su análisis post mortem, y muestra cómo la monja que muere a avanzada edad, con plena lucidez hasta los últimos momentos de su vida, y con la satisfacción de haber llevado una existencia feliz, tiene un cerebro sano, sin asomos de senilidad. Esta monja ha dejado escrita su biografía, como todas las monjas de la investigación, y en esa biografía usa un significativo número de palabras positivas: bien, valor, bendición, feliz, alegría, sí…, mientras que la monja que muere más joven tiene un cerebro afectado por la senilidad y ha dejado una biografía en la que simplemente narra, pero sin ningún ánimo ni euforia, sin ninguna palabra significativamente positiva, y con unos cuantos «noes» aquí y allá.

Hace años, el escritor colombiano Gonzalo Canal Ramírez dijo en su libro más recordado «Envejecer no es deteriorarse».

Pero, dejando a un lado el tema de la muerte, que a la mayoría de ustedes todavía no les interesa, el lenguaje positivo, según Castellanos, sirve para construir la narración de nuestra vida. La historia que más le interesa al ser humano no es la de los calimas, ni la de Simón Bolívar, ni la de Garzón, que son interesantes, ¡qué duda cabe! La que más le interesa a cada uno es su propia historia. Y esa historia se construye con palabras. «Palabra por palabra se construye la personalidad; palabra por palabra se construye la memoria, palabra por palabra se construyen los sueños».

Y aquí al hablar de los sueños, cambio de autor. Dejo a Castellanos, y me voy con Forero.

Equipaje para un sueño

Héctor Forero fue el libretista de Padres e hijos, una serie de televisión que duró cerca de 13 años al aire, y que tuvo gran acogida. En ella iniciaron su carrera actoral figuras hoy consagradas, como Lina Tejeiro, Manolo Cardona y Diego Cadavid. Forero se dedica actualmente a escribir libretos para la televisión mexicana. Pues bien, él, autor de historias de ficción, hizo hace unos años una pausa para escribir su libro Equipaje para un sueño, y decir en él cómo podíamos escribir nuestra propia vida, pero no tanto, cómo escribir la vida que ya pasó, sino la vida que llega, la que viene, la que nos falta por vivir.

Forero dice que así como uno escribe en el libreto lo que va a pasar en la pantalla, también puede escribir el libreto de lo que va a pasar en su vida. Dice lo mismo que Castellanos, pero con énfasis en los sueños. Los sueños a los que se refiere Forero no son los sueños que se sueñan cuando uno está dormido, sino los que se sueñan cuando uno está bien despierto. Son las metas, los propósitos, los deseos, los anhelos, las aspiraciones. Quién quiero ser. Qué quiero lograr. Hasta dónde quiero llegar.

El libretista advierte que su filosofía de vida es creer en los sueños. Lo dice así: «Mis sueños han sido mi salvación. Mis sueños han sido mi felicidad. Mis sueños han sido mi realización». Y quien conozca su historia sabe que es verdad. Sabe que antes de llegar a la legendaria programadora Punch, con su primer libreto, soñó muchas veces con ver sus historias en la pantalla. Y por eso invita así a sus lectores (en el subtítulo de su libro): «Decídase a escribir la historia de su vida».

A la vez que releo y reoigo a Castellanos y a Forero, voy recordando por contraste frases de muchos jóvenes y de no pocos adultos: «No puedo», «Nunca voy a lograrlo», «No tengo palancas», «Tendría que estar en la rosca», «Eso es para gente rica», «Ya para qué». O peor, «No puedes, hijo», «No lo intentes, hija», «Eso no es para ti, mi amor», «Usted qué se va a meter en eso, hermano»… El lenguaje negativo no solo justifica la desidia personal, sino que se mete en la vida de los seres queridos, como palo en la rueda de la bicicleta. El «no» impide construir, aleja de la felicidad y produce la desdicha y la muerte.

Ya he hablado en ocasiones anteriores en Así somos del japonés Masuro Emoto y sus reveladores experimentos con palabras buenas y palabras malas; de Deepak Chopra y sus 7 leyes de éxito, una de las cuales es bendecir o bien decir; de Rafael Santandréu y sus palabras para ser felices; de los indígenas bolivianos kalawalas y sus curaciones ancestrales con palabras sanadoras; de Chamalú, Hay, Santandréu y tantos más que nos recomiendan lo mismo: palabras positivas = salud = felicidad = longevidad. Falta, si algo falta, que les hagamos caso, que cambiemos tanto «no» por una buena dosis de «sí» y hagamos mejor nuestro pequeño mundo, para contribuir a mejorar así el mundo mundial.

Por: Fernando Ávila
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