Edición Octubre a Diciembre 2018 Nº 119

De dónde salen los dichos
Lenguaje

De dónde salen los dichos

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Como si fuera yo el santo cachón

La Sonora Dinamita o, si ustedes lo prefieren, Los Embajadores Vallenatos, cuentan que «… te vieron, te pillaron / el otro día sabroseando con un señor que no era yo», y no solo cuentan que te pillaron, sino que además dan detalles: «En una forma, Dios mío, que, ¡uy!, mejor no digo», es decir, que te vieron «moliendo caña…», y la historia sigue, que dizque te ibas para donde tus viejos, pero no, qué va, y ahora dices que el que te invitó a salir era un primo, y que «te dio pena decir que no». Mejor dicho, dirán ustedes, la novia le puso los cachos a este que canta. Y ese es el dicho, tanto que en el corito dicen: «Que te perdone yo, que te perdone / Como si yo fuera el santo cachón. / Mira mi cara, ¿ves?, yo soy un hombre, / Y no hay que andar repartiendo perdón».

O sea, al hombre le pusieron los cachos, y no piensa perdonar, porque eso es una humillación muy grande.

La pregunta lingüística es: ¿de dónde salió ese dicho de «poner los cachos», para referirse a la víctima de una infidelidad?

Pues bien, hay dos teorías. La primera, un poco rebuscada a mi parecer, dice que algún personaje medieval, en vez de ponerle a su mujer el cinturón de castidad, le pintó un venado en el bajo vientre. Era un venado joven, sin cachos, una especie de Bambi de Disney. Nuestro héroe le dijo a su mujer que, si al regresar de su viaje encontraba que el venado se había borrado, sabría que ella le había sido infiel. Si el venado permanecía tan fresco y lozano como el día en que fue dibujado, sabría que le había sido fiel, pues claramente nadie habría tocado su cuerpo.

El viaje del hombre duró dos años, al cabo de los cuales entró a su casa y examinó el vientre de la dama. Encontró el dibujo fresco y lozano de un venado, pero le llamó la atención que este venado tenía cuernos, unos cuernos que él no recordaba haber pintado. Pues, resulta, mis queridos amigos, que durante los dos años de ausencia del marido, la mujer tuvo de amante a un pintor. El artista le dijo que no se preocupara si en la frecuente faena íntima de la pareja el dibujo se borraba, pues él, dibujante de larga experiencia, le podría dibujar otro que quedara aún mejor que el original.

Cuando el marido le preguntó a su mujer por qué el venado ahora tenía cuernos, ella le dijo que, como era lógico y sucedía con todos los venados, en dos años le habían crecido.
De ese cuento se dice que sale la repetida expresión de «poner los cuernos», que en Colombia se convierte en «poner los cachos». La canción de la Sonora o de los Embajadores habla del santo cachón, que es una imagen cercana a un motel costeño. El santo de la imagen ve a todos los que entran y salen del lugar y es así testigo de la cantidad de cachos que se ponen a diario.

La segunda teoría habla de los vikingos. Ustedes habrán visto que los vikingos, como Olafo, llevan un casco con cuernos. Los jefes vikingos tenían una prerrogativa en sus aldeas: el derecho de pernada. Este derecho consistía en la autorización legal de llevar al tálamo a toda doncella que quisieran, especialmente a aquella que fuera a contraer nupcias pronto o que estuviera recién casada. Los novios sufrían ante la posibilidad de que el jefe de la aldea se diera cuenta de la belleza de su novia y hacían lo posible por esconderla, pero no faltaba la que caía. Cuando la situación se presentaba, el jefe vikingo ponía su casco cornudo a la entrada de la casa en la que ejercería su derecho con la doncella de turno, de donde salió el dicho de «le están poniendo los cuernos».

El caso es que hoy, sin pensar en el origen de la expresión, a quien le es infiel su pareja se le dice que «le pusieron los cachos».

Dar papaya

Los Mandamientos de la Ley de Dios son diez. Por eso se les dice también el Decálogo. Pues bien, muchas veces se ha dicho que el onceno, es decir, el que sigue al décimo, es «No dar papaya». ¿De dónde salió este dicho? No hay que echarle mucha cabeza al asunto, pues en algunos países «papaya» es sinónimo de ‘fácil’. Y con toda razón, pues, la papaya se da silvestre, sin ningún esfuerzo; se pela con cualquier cuchillo o hasta con las uñas, sin ningún esfuerzo; se come, con mínima exigencia dental, sin ningún esfuerzo; se digiere con facilidad, sin ningún esfuerzo… Así, fácilmente, se entiende que «papaya» sea sinónimo de ‘fácil’, y que «dar papaya» signifique ‘dar facilidad’, ‘permitir’, ‘no poner resistencia’, ‘ser ingenuo’, ‘dejarse manipular’, etc.

Lo pasaron al papayo

En cambio, cuando «pasan a alguien al papayo» no lo están pasando al lado fácil, sino que lo están ejecutando.
Se trata de un colombianismo. Según Mario Alario di Filippo (Lexicón de colombianismos 1973) y Luis Lalinde Botero (Diccionario jilosófico del paisa), la expresión surge en Concordia, Antioquia, durante la época de la Violencia, por allá en los años 50 del siglo XX. Dicen estos dos lexicógrafos que en ese municipio había un corregimiento llamado El Papayo y que hasta ese lugar la policía conservadora llevó a 400 liberales, los fusiló y echó los cadáveres precipicio abajo. De ahí surgió la expresión «llevar al papayo», que más tarde cambió a «pasar al papayo», con el sentido de ‘fusilar’, o más genéricamente ‘dar muerte’.

Me estás mamando gallo

«Mamar gallo» no tiene etimología sexual, como podría pensarse a primera vista. La expresión nace en las galleras de la costa colombiana y de Venezuela. Hay dos gestos que la pudieron originar. Uno, la acción de chuparle la sangre al gallo herido por su contendor, para aliviarlo, y dos, la acción de chuparle la cabeza al gallo para que salga a la arena atontado, y así, con sus movimientos descoordinados, evite que el atacante lo pique en la cabeza. Dicen que al final de la pelea, el dueño del gallo perdedor decía que le habían mamado gallo al ganador. De ahí se supone que sale la expresión «mamar gallo» con el sentido de ‘hacerse el tonto’, ‘no tomarse las cosas a pecho’, ‘tomar el pelo’, ‘burlarse’, ‘engañar’.

García Márquez le dio universalidad a esta expresión cuando elogió el mamagallismo de los venezolanos. Y a Alfonso Lizarazo, creador de los programas de televisión Sábados Felices y Festival Internacional del Humor, le dijo: «No vayas a parar nunca con la mamadera de gallo».

Las frases hechas, tópicos, adagios, refranes o proverbios son tan populares, especialmente entre la gente mayor, que con que usted diga el comienzo cualquiera le recitará el final. Hagamos la prueba:

Barriga llena,__
A caballo regalado,__
Más vale pájaro en mano,__
Al que madruga,__
No por mucho madrugar,__
Mugre que no mata,__
Agua que no has de beber,__
Al mal tiempo,__
A palabras necias,__
En casa de herrero,__
Ojos que no ven,__
Unos nacen con estrella, y otros__
Zapatero, a tus__

Por: Fernando Ávila

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