Edición Julio a Septiembre 2019 Nº 122

METÁFORAS Y ANALOGÍAS
Lenguaje

METÁFORAS Y ANALOGÍAS

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La pelota de letras

Por: Fernando Ávila

Metáfora es una palabra, frase, imagen, cuento… que representa de manera alegórica otra realidad. En la metáfora hay siempre una analogía. Una muy sencilla es la frase coloquial «se volvió un 8», pues el 8 es típicamente enredado. Fíjese usted cuántas vueltas da. Compárelo con el 1, que no tiene vueltas ni recovecos, sino que es una línea vertical diáfana e inequívoca como una flecha mirando hacia arriba. Que uno se vuelva un 8 significa que se confunde, que no sabe por dónde salir, que da tumbos, vueltas, va para la derecha, para la izquierda, para arriba, para abajo. No está enfrentado a un dilema, que es mucho más sencillo, pues el dilema plantea dos opciones. Está cruelmente metido en un berenjenal, que para estos efectos no es un simple sembrado de berenjenas, sino un embrollo, un jaleo, un lío. Está ni más ni menos, que en medio de un laberinto.

En la mitología griega hay un personaje llamado Sísifo, que tiene como castigo empujar una piedra enorme hacia la cumbre de un monte, pero antes de llegar a la cumbre, la piedra siempre rueda hacia abajo, y a Sísifo le toca empezar de nuevo. ¿A quién de ustedes no le ha pasado lo mismo que a Sísifo en la vida afectiva, en la financiera, en la intelectual…? Que levante la mano, y le hacemos un examen, porque esa figura no es más que una acertada metáfora de la vida. La lucha, en cualquier campo de la actividad humana, algunas veces lleva al éxito, al triunfo. ¡Coronamos! Las otras veces, pocas o muchas, nos vemos obligados a devolvernos, con el rabo entre las patas (ahí tenemos otra metáfora que nos recuerda al perro, mejor amigo del hombre), y comenzar de nuevo.

Para las veces que finalmente se triunfa, existe otra metáfora griega muy socorrida, la del ave fénix. El bendito pájaro se quema y se convierte en cenizas, pero cuando todo parece perdido renace de sus cenizas y sigue vivito y coleando. Es la metáfora de esas bajadas de la vida en las que se toca fondo, para finalmente volver a subir y elevarse más allá.
Esta metáfora tiene su versión en la Biblia, la historia de Job. Al suertudo de Job se lo recuerda como el hombre más paciente del mundo. Todos hablan de la paciencia del santo Job. La verdad, no sé qué tan paciente sería. Yo lo veo bastante desesperado cuando ha perdido todo, sus bienes materiales, el amor de su familia y hasta su propia salud. Allá abajo, porque el hombre toca fondo, es tentado para que maldiga a Dios, sin caer en esa tentación. Como premio por su fidelidad al Creador se cura de sus enfermedades, vuelve a tener familia, por cierto, con unas hijas que hubieran sido reinas de belleza si hubieran existido los reinados en esa época, termina siendo el hombre más rico de Oriente y vive tantos años que alcanza a conocer sus nietos y bisnietos. Un ave fénix total.

La caverna

La caverna, tanto la de Platón como la de Saramago, son metáforas de lo que sabemos. La caverna de Platón es una cueva en la que los hombres encadenados solo pueden mirar las sombras de la realidad que proyecta en el muro la hoguera exterior que hay a sus espaldas. Cuando uno de los hombres encadenados logra zafarse, salir y ver el mundo real, regresa a liberar a sus compañeros, pero ellos se ríen de él, seguros de que la luz del sol lo cegó y le está haciendo creer lo que no es y ver lo que no existe. Si los libera será asesinado.

Saramago actualiza esa analogía. En la caverna de Saramago los seres humanos ven la televisión. Esa es su única fuente de conocimiento. No salen a disfrutar de la vida, encontrarse con la naturaleza, respirar aire puro, tocar los guayabos, oler los eucaliptos, acariciar lar ardillas ni recibir los tibios rayos del sol. Todo lo que saben lo saben por la TV. Si se actualiza más la metáfora, todo lo que saben lo saben por el computador, por una tableta, por el teléfono celular, por un iPhone. Y en esa actualización es fácil incluir las posverdades y las hoy tan en boga fake news, noticias falsas o falseadas.

Esa es una magnífica metáfora de este mundo de nativos digitales, acompañados por generaciones que intentan emular la habilidad de los milénials, para ser todos, al final, hombres de la caverna.

Animal racional

Se decía, y tal vez aún se sigue diciendo, que el hombre (es decir, el ser humano) es un animal racional. Lo de animal está muy bien. Juan Jacobo Rousseau popularizó la frase latina «el hombre es un lobo para el hombre», que resalta la calidad sanguinaria de nuestra especie, dedicada por los siglos de los siglos a guerras, violaciones, trampas y venganzas de personas contra personas, con lo cual se especifica qué tipo de animal es el hombre. No olvidemos la metáfora de Caperucita Roja y el Lobo Feroz.

El hombre también puede ser un hábil zorro para la política, un cantaletudo sirirí para sus hijos, un ágil tigre para meter goles, un infiel perro de mala raza, o, como dice Paquita la del Barrio, una maldita sanguijuela o una culebra ponzoñosa. Claro que también hay criaturas humanas que trabajan como hormigas, son bellas como los cisnes, gráciles como los gatos, veloces como gacelas, encantadoras como los pandas y tiernas y retozonas como un osito de anteojos.

Todas esas metáforas de nuestro carácter animal son muy acertadas, pero lo de racional está por verse. ¿Qué tan racionales somos? Un marciano diría que si los terrícolas fuéramos racionales, es decir, si le pusiéramos lógica a la vida, si actuáramos con simple sentido común, que según dicen las malas lenguas es el menos común de los sentidos, no habría guerras, masacres, calentamiento global, desigualdad social, islas de plástico en el mar, feminicidios, infanticidios ni suicidios. Y mucho menos sobornos estilo Odebrecht. Todo eso que acabo de mencionar existe o sucede precisamente porque no somos racionales, sino emocionales. O dicho en términos científicos, porque no hemos estrenado el cerebro, sino que a duras penas actuamos guiados por el cerebelo, que dirige las emociones y los movimientos, pero no los pensamientos.

Con esta triste realidad, estamos apenas al nivel de las culebras. Por algo será que vivimos enculebrados.

Pelota de letras

Una metáfora que me parece bastante acertada de lo que somos los seres humanos es «la pelota de letras». ¿Qué somos? ¡Una pelota de letras! Y eso porque no todos estamos en la etapa de serpientes, sino que ya algunos se han leído un libro, tal vez dos, y alguno más ha conseguido su título universitario, y hasta sabe ortografía. Incluso hay gente, poca, pero la hay, que ha llegado a la cumbre de una maestría. Y no falta quien tiene su doctorado. Según Colciencias, hay 230 colombianos con grado de doctor. No es una gran cantidad. Apenas 5 por cada millón, pero es algo. Y, además, hay gente sin títulos universitarios, pero que lee. Sí, aunque usted no lo crea, en este mundo de Netflix, Disney, Instagram y Spotify, hay quien lee libros, novelas, historias, poesía, ensayos, verdades, mentiras, lo que sea, pero lee.

Una pelota de letras, porque finalmente uno es una pelota, certeza que a toda hora nos están recordando los amigos. Los mexicanos nos dicen güey; lo argentinos, boludo; los colombianos, más descaradamente, huevón. Es decir, para ellos somos ante todo una pelota, y luego si uno tiene alguito de cultura, o sea, de letras, pues no es más que «una pelota de letras», como lo recuerda el comediante (¡y filósofo!) Andrés López, en su célebre stand-up comedy.

Metáforas de la vida

Por lo dicho hasta aquí parecería que las metáforas existieron solo para denigrar al ser humano. Sanguijuela, ofidio, un 8, una pelota de letras…, pero también hay metáforas positivas de la vida. Recordemos algunas.

«La vida es una obra de teatro que no permite ensayos… Por eso, canta, ríe, baila, llora y vive intensamente cada momento de tu vida…, antes de que el telón baje y la obra termine sin aplausos», Charles Chaplin, actor.

«La vida es como una obra de teatro: no es la duración, sino la excelencia de los actores lo que importa», Séneca, filósofo romano.
«La vida es una canción, ¡cántala! La vida es un juego, ¡juégala! La vida es un desafío, ¡afróntalo! La vida es un sueño, ¡hazlo realidad! La vida es un sacrificio, ¡ofrécelo! La vida es amor, ¡disfrútalo!», Sai Baba, líder espiritual hindú.

Y en la música hay muchas metáforas, como la que hace Juan Luis Guerra con sus inolvidables Burbujas de amor, en las que confiesa que «quisiera ser un pez», ya saben ustedes para qué. Sebastián Yatra le ruega a su adorado tormento «déjame robarte un beso que me llegue hasta el alma». ¡Eso es mucha profundidad (de beso)! Ochoa dice que en El camino de la vida «brotan como un manantial las mieles del primer amor», y que luego formamos «un nido de amor», hasta que al final «el frío de la soledad golpea nuestro corazón». Algunas metáforas, como «los dientes de marfil», los «labios de rubí», el «caminar de palmera», son lugares comunes de los boleros.

No olvidemos la frase metafórica de Forrest Gump: «La vida es como una caja de bombones, nunca sabes lo que te va a tocar», ni esta otra de autor anónimo: «La vida es un cuento. ¡Haz del tuyo un best seller!». Tengamos en cuenta también esta analogía que le hace un homenaje al señor Otis: «La vida es como un ascensor: en tu camino hacia arriba, algunas veces tienes que parar y dejar salir una que otra persona». Recordemos además que «La vida es un viaje, no un destino», según enseña el pensador estadounidense Ralph Waldo Emerson.

¿Cuál es tu metáfora?
¡Hazla tú mismo!
Como aconseja el libretista de Padres e hijos, Héctor Forero, «¡Escribe el libreto de tu propia vida!».

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