Edición Julio a Septiembre 2019 Nº 122

Entre la llama y la gota: el brillo del espejo
Región

Entre la llama y la gota: el brillo del espejo

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Por: Esperanza Jaramillo

Desde hace algunos años descansa sobre mi escritorio una gota de piedra roja que traje de Petra, un lugar donde el asombro detuvo para siempre su llama. En el rostro de las rocas se preserva la gloria de una civilización sorprendente: el reino nabateo. Un pueblo antes nómada del desierto, que eligió darle nombre a la fatiga y cincelar su ciudad —300 años a.C.— en el recio corazón de una montaña.

Conservo piedras por su origen, color o formas singulares: unas son blancas, otras casi transparentes con pequeñas incrustaciones; ninguna alcanzó el punto de luz que vuelve preciosos sus minerales como resultado del extraordinario poder transformador de la naturaleza.

Me detengo también en los objetos que me proporcionan comodidad: este ordenador que me permite transponer fronteras imprevisibles, e insertarle una USB que me trae la Rapsodia húngara n.o 2. Un solo de violín que convoca mi mundo sensible y sus silencios le da nombre a la lluvia, a la florescencia, y a la vida que duele y se gasta: regresa inesperadamente un atardecer en el Danubio. Y no puedo menos que sorprenderme con la historia contenida en cada uno de estos elementos, producto del ingenio del hombre.

Alguien descubrió el secreto de la simetría tridimensional al diseñar la primera herramienta. Los conceptos de espesor, altura y profundidad lo obligaron a imaginar el espacio geográfico, para llegar por fuera de sí mismo a la abstracción y a los cálculos y razonamientos matemáticos. Con ese primer fragmento de piedra se inició la colosal aventura de su pensamiento geométrico espacial, y golpeó para siempre sus tinieblas milenarias.

El ser humano encontró su lugar en el universo, y el milagro del arte lo ubicó entre el mundo abstracto y el tangible. El hallazgo de las expresiones artísticas será, por tiempos sin nombre, el antídoto para su tragedia. Alguno quizás se conmovió en una noche de luna con el pez azul que se agiganta en las mareas; otro dibujó la orfandad de una rama, y uno más escuchó el canto de los pájaros en la memoria del árbol. Deshojó por fin el hielo y volvió vela su madera.

Únicamente lo sutil despierta la creatividad y salva. Nuestros ancestros intuyeron que nos correspondió la travesía de la llama. Todo se enciende en un instante y se quema. Triste camino este, el de la herida mortal, el de la marca inexorable, el de la tierra y la ceniza que al viento se lanzan. Breve travesía la nuestra, pero algo me dice que en uno de sus fragmentos esta nostalgia de vivir se transparenta.

Ese hombre aferrado a la fuerza transformadora de su cerebro, y a sus descubrimientos, ha caminado siempre por despeñaderos espirituales y campos serenos. Sin embargo, excepto algunos ejemplos de genuina filantropía, aún prevalecen los instintos más oscuros, no se prueba un espíritu en unidad renovado. Y asumimos hoy el desafío de un mundo globalizado que, a la vez, nos confina a la soledad y al egoísmo con el poder avasallador de las nuevas tecnologías.

Para eludir la tristeza me aferro a lo bello, a lo mínimo, a esta gota de piedra roja que me habla de Petra, de montañas cruzadas por halos de colores, y domadas por manos de hierro. Resistiré hasta que un día atraviese sin miedo el brillo del espejo y todas las palabras se desvanezcan.

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