Edición Julio a Septiembre 2019 Nº 122

Pintar es como respirar
Magola Arango Mejía

Pintar es como respirar

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A sus 85 años, Magola Arango Mejía es una de las pintoras colombianas vivas más apreciadas. Su obra ilumina espacios sagrados y entornos privados en diversas ciudades del mundo. La imagen del descendimiento de Cristo de la cruz o bocetos de Jesús venciendo a la muerte, así como figuras tradicionales de la cultura indígena y del mestizaje, rostros tropicales, paisajes quindianos y de otros parajes de Colombia, pueden encontrarse en una catedral de Barcelona (España), en colecciones privadas en Chile, en París o en un pequeño pueblo de Cesar —Casacara— donde convivió con la comunidad de una pintoresca escuela infantil fundada por ella.

Mago —como le dicen— ha sabido crear un universo pictórico propio a partir de unos pocos colores: blanco titanio, azul ultramar, magenta, cian, amarillo limón, ocre, y rojo alizarín. Su obra tiene influencia de los muralistas mexicanos, de artistas latinoamericanos y colombianos —como Ana Mercedes Hoyos y Maripaz Jaramillo—, en su interés de explorar tonos de la cultura local, popular. Su vida se ha movido entre ambientes ideológicos extremos de los países en los que ha vivido: Checoeslovaquia, durante la guerra fría; España, en los tiempos de Francisco Franco, y Chile, en esos años setenta de transición de los regímenes de izquierda y derecha.

También vivió en París y estudió en la misma escuela de los pintores impresionistas Van Gogh y Monet, a cuyas pinceladas rápidas y simplicidad se suma el principio que describe su obra: mientras menos se hace, más se expresa. Entre sus galardones está la medalla Paul Gauguin, obtenida en Francia, y, como un merecido homenaje desde la academia, el rector de la Universidad de Caldas, Alejandro Ceballos Márquez, ha dispuesto una galería en un espacio diseñado por Rogelio Salmona, para exhibir parte de su obra.

Cuando ella tenía 16 años y afrontaba la muy temprana pérdida de su madre, la monja encargada de las clases de pintura en el colegio Capuchinas, en Armenia, le pidió a la clase hacer un dibujo utilizando las técnicas de tinta china, lápiz, óleo y acuarela. Consciente del difícil momento emocional por el que atravesaba su estudiante, consideró pertinente sugerirle a Mago que trabajara con este último material —más versátil— aunque no tuviera mayor conocimiento de cómo hacerlo.

Le gustó esa técnica y a partir de este incidente colegial, de esta revelación estética, su mundo cambió. Viajó a Manizales y se convirtió en discípula del maestro Alipio Jaramillo, un destacado artista colombiano que trabajó con los grandes muralistas mexicanos José Clemente Orozco, David Alfaro Siqueiros y Diego Rivera. Mago fue cofundadora, junto con Maripaz Jaramillo, David Manzur, y Lucy y Hernando Tejada, de la primera galería de arte de la capital de Caldas. En la imponente catedral neogótica de esa ciudad, hay parte de su sello artístico: los bellos vitrales son la materialización de sus bocetos.

Mago es una artista que no para de crear. Para ella, pintar no es un trabajo, es una forma de existir, es como respirar. Su trayectoria es diversa y prolífica, puede ir desde las estampas religiosas hasta los paisajes abstractos de colores electrizantes. Su apartamento en Armenia es casi una galería de sus obras, esas que no duda en obsequiar, porque «cuando yo no esté, estos cuadros quedaran para los más cercanos, a buen recaudo en archivo familiar». Así justifica sus actos de generosidad, como el de aquella ocasión en la que le regaló una de sus más recientes acuarelas a un repartidor domiciliario que llegó a su puerta y le manifestó admiración por sus pinturas.

Su familia —a la que pertenece quien fuera gobernador del Quindío y magistrado y presidente de la Corte Constitucional, Jorge Arango Mejía, hermano de la artista— le profesa profundo amor y respeto, por todo lo que representa: un símbolo de tesón, de resistencia, de superación de la dificultad y capacidad para la aventura. Ella dice que regresó a Armenia siguiendo la ruta de los elefantes que retornan a donde nacieron, para emprender su último viaje. Por el momento seguirá pintando con alegría, manteniendo el aliento de la sensibilidad, y el Quindío seguirá reconociendo en ella una de las más representativas figuras del arte nacional.

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