Edición Abril a Junio 2018 Nº 117

Una educadora que trabaja con amor
Gente

Una educadora que trabaja con amor

Ana Mercedes Barboza llega todos los días a la vereda Río Lejos, en Pijao, y los niños corren tras su carro hasta que frena, la saludan y le ayudan a cargar el bolso o algunos materiales. Ana Mercedes lleva treinta y dos años como docente, veinte de ellos en la sede educativa Río Lejos, adscrita a la Institución Educativa Luis Granada Mejía, de la vereda Barragán.

Para llegar a la escuela hay que subir durante unos seis minutos un camino empinado. Los recibe con una sonrisa doña Rocío, quien vive en la escuela y se encarga de hacer los almuerzos escolares. Entre perros que mueven la cola, niños corriendo y con el sol de las siete de la mañana, doña Rocío y la profesora se sientan a tomar café y a desayunar. A veces las vecinas de la vereda les llevan arepas hechas en fogón de leña. La escuela está rodeada de verde, y desde esa cima se logra ver el río y se escucha su arrullo.

Ana Mercedes ha sido un hada madrina para los niños de Río Lejos. Al ser estos una población vulnerable, la profesora resalta que su trabajo debe salir del aula y llegar hasta los hogares de cada niño; además, la educación debe ser el eje central del desarrollo de Colombia: «Lo que más me gusta es estar con los niños, aprender de ellos y apoyarlos con sus procesos».

Una familia de Los Balsos, la vereda de al lado, quería que su hija Melany recibiera clase con Ana Mercedes por la fama que esta tiene, en las veredas cercanas, de ser la más exigente y la que más se preocupa por los niños. Era difícil para la familia caminar esos cinco o seis kilómetros a diario, y tampoco era posible pagar transporte. Un día Melany llegó a la escuela a caballo: sus padres ahorraron y lo compraron para que su hija pudiera tener educación de calidad; el caballo se llama Pegaso —como el de la muñeca Barbie—.

Desde el año pasado llegaron a la escuela de Río Lejos dos hermanas: Sandra Viviana y Laura, ambas tienen condiciones físicas por las que suelen requerir ayuda para movilizarse. Para subir a la escuela, su madre, Sandra, con una actitud jovial, cargaba a una de sus hijas a la espalda, a la otra la sostenía con un brazo, y con la mano libre llevaba la silla de ruedas que usa una de las niñas. En muchas ocasiones los niños o la profesora las ayudaron a subir el camino.

Sandra y sus dos hijas tuvieron que abandonar la vereda por motivos económicos. Se mudaron a Los Balsos, y su casa queda en la cima de una montaña inmensa, a unos quince minutos desde la carretera, pero Sandra quería que las niñas continuaran recibiendo clases con la profesora Ana Mercedes.

Desde el colegio Luis Granada Mejía se ha trabajado fuertemente por la inclusión, así que con el apoyo de la profesora se organizó un proceso especial para que las niñas siguieran recibiendo educación de calidad. Por medio de la figura de servicio social, dos estudiantes de bachiller van a reforzar las tareas de Sandra Viviana y Laura, y la madre se comprometió con un horario semanal para apoyar el proceso educativo de las niñas. Cada miércoles, cuando termina su jornada en la escuela, la profesora Ana Mercedes sube la pendiente, con sombrero cuando hay mucho sol o con botas cuando el camino se vuelve pantanoso, llega a la finca Vista Hermosa y se dispone a dar clase a las niñas.

La labor docente y humana de la profesora Ana Mercedes es festejada por toda la comunidad. Ella sostiene que cuando el trabajo se hace con amor resultan bien estos procesos que son tan enriquecedores y que cambian vidas. Ahora el proyecto de Ana Mercedes es incrementar la economía de la vereda para que las familias puedan vivir del campo y tener a sus hijos en una escuela destacada entre Pijao y Génova, para que cada vez a más familias les sea posible habitar un paraíso escondido entre las montañas y acercarse a personas valientes y comprometidas con su trabajo.

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