Edición Abril a Junio 2018 Nº 117

Filandia reina entre las colinas
Región

Filandia reina entre las colinas

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El segundo pueblo más antiguo del Quindío es también uno de los más bellos. Filandia ―así, sin n, como si hubiera sido un error tipográfico de sus fundadores―, con su mirador, con sus colinas, con sus casonas de colores, es sinónimo de Paisaje Cultural Cafetero.

Decir Paisaje Cultural Cafetero es decir ríos entre bosques de guaduas, es decir verdes colinas sembradas de arbustos de café, es decir casas de bareque de uno o dos pisos, adornadas de coloridos portones y balcones, es decir caminos por los que corren como caballitos de acero los alegres yipaos todoterreno. Decir Paisaje Cultural Cafetero es decir Quindío y sus municipios, entre ellos Filandia con su café, sus colinas, guaduales y casonas.

Como el significado de su nombre lo indica ―hija de los Andes―, Filandia reina entre las colinas del Quindío. Reina desde antes de existir como municipio, desde que sus cerros aún sin sembrados de café eran habitados por los quimbayas que llenaron sus entrañas de tesoros, de guacas que siguen descubriéndose. Uno de esos tesoros, que incluía un poporo, fue encontrado en la vereda La Soledad, en 1890, y fue el que el presidente colombiano Carlos Holguín donó dos años después a España. Ahora reposa en el Museo de América, en Madrid. Y siguió reinando cuando se llamó Nudilleros y apenas era un paso obligado en el camino que de Bogotá conducía a Popayán. Un 20 de agosto de 1878, un grupo de colonos antioqueños decidieron, con determinación, esfuerzo y optimismo inquebrantables, quedarse y fundar un pueblo.

En el tiempo de los vientos suele celebrar Filandia sus fiestas populares, las del Canasto, para rendirle homenaje a ese oficio que allí es tradición y pasión: la cestería. En uno de los pequeños barrios del pueblo, el San José, conviven las cerca de doce familias de cesteros. Hombres y mujeres que una generación tras otra heredaron el arte de tejer con mimbre, yaret, calceta de plátano o bejuco bellos canastos, sembradores, cogedores, piñeteros, bolsos, baúles y otros objetos que serán usados en alguna casa colombiana o extranjera, pues es difícil ir a Filandia y no antojarse de comprar una de estas bellas artesanías.

Cuando hay fiestas del canasto, el pueblo ―que está a medio camino entre Pereira y Armenia― se llena de filandeses que, aunque se fueron a conquistar otros horizontes, regresan atraídos como un imán por la magia serena del que fue su terruño. Vienen y disfrutan de los tablados, del reinado, del desfile de yipaos, del concurso regional de canasteros y, por supuesto, del Paisaje Cultural Cafetero, que puede abarcarse en 360 grados desde el mirador Colina Iluminada.

Con 27 metros de altura, este mirador armado con mangle del Caribe, zapán y guadua, se suma a esos lugares del Quindío ―Parque del Café, Panaca, valle de Cocora, río La Vieja― que son casi de obligatorio recorrido cuando se visita nuestra región. Desde allí pueden divisarse numerosas colinas y municipios, además del propio Filandia: Circasia, Salento, Quimbaya, Calarcá, Montenegro, Armenia, y otros de Risaralda, Valle y hasta Caldas.

Los picos del Parque Nacional de los Nevados son también un regalo que este mirador ofrece a los visitantes cuando el paisaje está despejado. Igualmente se aprecian los bosques de Barbas-Bremen, una reserva natural en la que se pueden avistar cientos de aves ―el solitario andino, el tucancito culirrojo, el barranquero coronado y el carriquí, entre otros―, disfrutar de una cascada, de un sendero ecológico, de las aguas del río Barbas, y escuchar los gritos de monos aulladores o verlos en manada colgando de las ramas. Son diez mil hectáreas repartidas entre el Quindío y Risaralda.

Con esta reserva, el ecoturismo se suma a los demás atractivos de Filandia. Si se tiene poco tiempo para quedarse, basta entonces con entrar al pueblo, sentirse seguro en su arborizado parque, admirar su arquitectura tradicional, sus hermosas casas con vibrantes colores. Un programa obligado para propios y visitantes es disfrutar de la más exquisita gastronomía en restaurantes y tertuliaderos que ofrecen gran variedad de cartas, que hablan de la buena calidad culinaria quindiana. También se puede visitar el archivo fotográfico local, que da cuenta de la transformación del pueblo y de sus personajes más reconocidos, o la iglesia en la que alguna vez se celebró uno de los matrimonios más esperados por los colombianos, el de Sebastián y su Gaviota, o dar un paseo por la «calle del tiempo detenido» y por el barrio de los cesteros, a pie, a caballo o en yipao, o simplemente tomarse un tinto bien quindiano en una de esas esquinas y sentir el peso de la tradición, del pasado, del que es, después de Salento, el pueblo más antiguo del Quindío.

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