Edición Octubre a Diciembre 2017 Nº 115

Un viaje por el alma del quindiano
Región

Un viaje por el alma del quindiano

El encargo de buscar y mostrar los valores del quindiano se me pareció a la invitación a una exploración submarina, o por las entrañas de la tierra. Los valores no se llevan puestos como una chaqueta o un sombrero, siempre van por dentro y hay que explorar y encontrarlos como sucede con el oro o con las perlas.

La otra dificultad para cumplir este encargo fue lo general de su enunciado. Los valores del quindiano, ¿pero cuál quindiano? Hay quindianos de todos los pesos y medidas, unos con valores, otros desprovistos de ellos. Pero sí debe haber una manera de ser con la que se ha hecho la historia de una región, o de esta ciudad. Así emprendí la búsqueda hasta encontrar que más revelador que cualquier estudio antropológico o sociológico o etnográfico era el caso concreto que tenía a la mano. Cuando creía encontrar alguno de esos valores, siempre aparecía un mismo referente: Ramón Eduardo Restrepo, mi padre, carpintero de profesión, nacido en Jericó pero cuyabro por adopción porque en esta ciudad libró la batalla de su vida contra la pobreza y para levantar nueve hijos. A su lado, Inés Ramírez, su esposa, costurera y de profesión mamá. Y como sombra buena de la pareja, la abuela Zoila Rosa, que completaba el trío revelador de los valores de la gente de esta tierra. Cuando hablo de valores, ellos son el referente en el que pueden verse, reflejados, los quindianos.

La fe

Se destaca, como la palma de cera en el paisaje quindiano, el valor de la fe.

Llevé a Ramón Eduardo para que conociera el mar en Cartagena. Alquilamos una cabaña en Marbella y no más llegar lo vi bajar del carro y, como magnetizado, ir hacia la playa, deslumbrado por la presencia del mar, del que no desprendía la mirada, ni para pestañear. Yo lo seguía como su sombra y lo vi recostarse en una gran piedra mientras decía para sí con voz ahogada por el maravillamiento: “Dios sí es muy grande, ¿no?”.

Para él, Dios estaba en todo, lo explicaba todo, era todo, era el aire que respiraba. No necesitaba muchas teorías para explicar la historia, la suya y la del resto del mundo. Y era siempre una explicación en positivo. Nada, ni la pobreza, ni la injusticia, ni el sufrimiento, ni la muerte conmovían su fe en un Dios bueno.

Pensando en esto volví a leer la historia del bebé muerto al nacer que él llevó en la caja de madera que había hecho en su taller, por la fragorosa carrera 18, hasta el cementerio, adonde llegó a pie y orando; reconstruí ese talante suyo con apariencia de pasividad y resignación, y encontré un eco de aquel lamento de Job: “Dios me lo dio, Dios me lo quitó, bendito sea su santo nombre”. En otra ocasión, había ido a recibirme al fin del año escolar en Manizales y regresábamos a Armenia en el tren. “Mijo, tengo que darle una mala noticia —me dijo—, su hermana Luz Marina se nos murió”. Lo dijo con una dulzura acariciadora como para amortiguar el golpe. Rompí a llorar y, entonces, me dijo con una convicción serena: “Dios sabe por qué hace sus cosas”. Lo blindaba contra la desesperación o el pesimismo, su fe. Creo sentir que en el alma de los colonizadores de esta tierra latía, como otro corazón, la fe en Dios como fuente de su fuerza. Al lado de esa fe, como contraparte, alienta el ritualismo.

El ritualismo

Tomás Carrasquilla conoció el alma antioqueña, de donde viene el quindiano, como sus manos, por eso, al lado de esa fe y como una definición, describió “ese rezo del rosario hecho más con la boca que con el corazón. Modo más curioso de hablar con la Virgen y el Señor: el primer misterio glorioso, tal y cual cosa, y cuando el cura va en ‘el Señor es contigo’, lo atropella la gente con el ‘Santa María’ y sigue atropellándolo hasta que el cura se contagia y los atropella a todos de tal forma que aquello se vuelve un titiritero de padrenuestros y avemarías que ni un mercado”. Así lo cuenta en Frutos de mi tierra. Es el lado débil de la fe quindiana, más religiosa que ética; más dada a los ritos que a la conversión de la vida; más fe sin obras que la fe que produce la conversión de cada día.

La solidaridad

Como las luces y las sombras de los amaneceres, en el alma del quindiano, al lado de esa sombra, aparece una gran luz: la solidaridad con los demás. La describe con hechos don Tomás:

“Doña Chinca en altas horas de la noche, a pie o a caballo andurreaba falda arriba o falda abajo por los caminos de El Criadero, ejerciendo su oficio de comadrona sin cobrar un centavo.”

Este ejemplo de la partera trae de la mano el del doctor Juan Builes y el de Pedro Dimas Estrada, los dos “ya curan, ya alivian, ya escuchan, prodigan siempre su ciencia y su corazón magnánimo”. Cuando don Tomás cuenta estos episodios en El Zarco y en Hace tiempos, ensarta como perlas que destellan en el alma del quindiano estas virtudes. Quizás no veía y solo presentía que Builes, Estrada y Chinca lograban una presencia viva de Dios en esos escenarios de pobreza.

La hacía presente, sin saberlo, que de haberlo entrevisto se hubiera pasmado de susto, Rumalda, ese personaje de Carrasquilla que frente a la locura de Higinio “se entrega en cuerpo y alma a su misión de loquera, lo trata como a un niño enfermo y cuando se lo encuentra muerto, colgado de una viga, lo disculpa: ‘él lo hizo sin quererlo, sin saber lo que hacía, lo mismo que un inocente. Ya tú lo llamaste, bendito sea mi Dios’”.

Llamado de urgencia, el padre Colmenares no se perturbó. Él sabía lo que pasaba en el alma del suicida y por eso dijo sin ánimo de hacer un chiste: “a este ya lo tengo asegurado en el cielo, con todo y soga”.

La familia

Los valores de los quindianos se han formado y consolidado a la sombra de otro valor: su sentido de familia.

En efecto, no se puede hablar de familia en el Quindío sin fijar los ojos en su alma, que es la madre. A la tarea de lidiar al padre, a veces patriarcal como un San José —es una expresión común—, otras veces el tal esposo es una tempestad sin sosiego; a esa tarea agregaba el poeta Barba Jacob otras: “aquel bregar para ir alzando la familia de rústica a distinguida, de burda a discreta e inteligente; aquel bregar para que se unieran hijos y nietos, ciento y tantos, en una dulce armonía de afecto”. Probablemente no lo sabían, pero al mantener unida a la familia, los padres preservaban toda la riqueza y la fuerza del alma a los quindianos.

Hoy se siente como una herencia recibida la alegría de los reencuentros familiares, la confianza sólida entre los miembros de la misma familia. Cuando hay rencores y divisiones, se miran como una dolorosa equivocación; quererse sin reticencias y con un espacio para comprender los defectos y errores de los otros: es lo que en el Quindío se entiende como lo que debe ser.

Laboriosidad

Guerreaban contra la pobreza, ellas y ellos. El talante laborioso del quindiano no se forjó en la abundancia, sino en la escasez. Estas montañas nunca fueron pródigas en trabajos lucrativos. El pan de cada día no se cosechaba con padrenuestros, solamente a Dios rogando y con el mazo dando. De ese esfuerzo y sudor diarios resultó otra manera de ser del alma quindiana: el orgullo por el propio trabajo.

Me lo enseñó Ramón Eduardo Restrepo cuando, en ropa de trabajo, sin saco, pero con el infaltable sombrero en la cabeza, y el delantal de carpintero ceñido a la cintura, cruzaba la plaza principal de Armenia con un largo y pesado tablón al hombro. Lo vi venir cuando yo salía del colegio en compañía de otros colegiales. Me alegró verle y lo saludé al pasar sin pensar que les daba motivo de burla a mis compañeros.

Esa tarde me dijo lo que había pensado después de oír la gritería de los muchachos. “Mijo, el trabajo no es deshonra. Pena nos debería dar robar para vivir, o vivir de gorra”.

Así han razonado los viejos quindianos porque en ellos se reúnen la laboriosidad y la honradez. Son dos virtudes que se unen y refuerzan como los arcos de medio punto de las ojivas góticas que lucen en las naves de una catedral. “Emprendedores, migrantes y comerciantes”, los adjetiva López de Mesa, y agrega: “conservan buena tradición de honradez”.

En estas montañas hubo un tiempo en que sobraban las notarías porque la palabra de un hombre era más confiable que una escritura acribillada de sellos y de rúbricas.

La dignidad

En un minucioso estudio de la religión en la antigua Antioquia, el sacerdote sulpiciano Huberto Restrepo anota que en estas tierras la palabra “pobre” no tiene el sentido ni de pobreza de espíritu, ni de pobreza sociológica, o sea los privados de bienes. En estas tierras “pobres no son los que nada tienen sino los que no tienen la esperanza en aquel que no puede defraudar”.

Suena presuntuosa esa actitud erguida de quien, a pesar de tener nada o muy poco, interiormente presume tener a Dios como su báculo y fortaleza. La desproporción sorprende, pero es la actitud que uno encuentra en los más pobres, que, a mayor indigencia, aplican una superior confianza en Dios.

En el alma de estos quindianos que me sirven de referencia, admiré ese rico filón de la conciencia de su dignidad. Mis recuerdos me llevan a los días en que la abuela, Zoila Rosa Ramírez, se embozaba en su mantilla de seda negra y me llevaba como su bastón y apoyo a pesar de la fragilidad de mis siete años. Sentía en su mano que el reumatismo engrosaba y volvía torpe, apoyada en mi cuello, la ansiedad por llegar a la oficina del correo para preguntar si había llegado el giro de la pensión que el Gobierno le debía al veterano de la guerra de los Mil Días, Benito Ramírez. Un mes antes le habían dicho que el mes siguiente, sin falta, estaría disponible el dinero. Así me lo había contado, ilusionada, mientras íbamos por alguna calle de Armenia. Cuando el empleado se quitó sus gafas de miope, después de hojear un libro grueso de remisiones, y le dijo que aún no había llegado el giro, ella intentó un reclamo, pero contuvo el torrente de su indignación y dijo solamente: “gracias, Aristóbulo”, y emprendimos el regreso a casa. Esta vez sentía su mano humedecida y veía un leve temblor en su barbilla, por el esfuerzo para mantener su dignidad, no fuera que alguien la viera llorar de desilusión en plena calle.

Hijos de la tierra

En el alma del quindiano parecen generarse por igual energías positivas y negativas, de modo que desde la honda sima de sus debilidades y errores no pierden de vista, sin embargo, la alta cima de sus posibilidades.

Un alma así, hecha con esos elementos contradictorios, es la que se nos ha ido formando a los hijos de esta tierra bajo la guía de padres y abuelos que tallaron esta, nuestra manera de ser.

Javier Darío Restrepo
Tags: Región,Un viaje por el alma del quindiano

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