Edición Julio a Septiembre 2019 Nº 122

¿Para qué sirve un viejo?
Ética

¿Para qué sirve un viejo?

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Por: Javier Darío Restrepo

Los japoneses siempre recordarán que la segunda guerra mundial, con su catastrófico final nuclear, que destruyó a Hiroshima y Nagasaki, sumergió a su país en la desesperanza. Llevaban a cuestas, además, el rencor del mundo que los miraba como «el enemigo». También hacen memoria de cómo empezó esa reconstrucción que se consolidó con la ayuda, entre otras, de Soichiro Honda, Masaru Ibuka y Doke, tres industriales septuagenarios que, al crear las empresas Honda y Sony, y la asociación de industriales, respondieron ¿para qué sirve un viejo?

Los tres, de haber seguido los prejuicios culturales de occidente, habrían permanecido inactivos, en un retiro bajo el cuidado de hijos y nietos, o en ese dorado asilo de algún ancianato. Ese error era impensable para los antiguos. Platón, en Grecia, y los romanos tuvieron la lucidez de pensar que las tareas de gobierno debían contar con las luces de la experiencia de los viejos. En La república, Platón describió el gobierno ideal guiado por la sabiduría de un consejo de viejos, y los romanos escogían a sus senadores entre varones de probada experiencia. En China es un patrimonio el dinero ahorrado, las joyas, los bienes y la larga edad de los ancianos. Según una tradición secular, a los viejos se los sepultaba en la propia casa como númenes tutelares de la familia.

La experiencia y la ciencia están demostrando que el hombre puede y debe cumplir una segunda tarea merced al crecimiento y plenitud de sus facultades superiores. El ser humano es la única especie cuyo desarrollo no se detiene en sus facultades superiores durante la vida, si esta transcurre normalmente.
En su discurso sobre la vejez, el senador romano Marco Tulio Cicerón utilizó una brillante imagen al comparar al viejo con el hombre del timón que, en el curso de una tempestad y mientras el barco parece a punto de hundirse entre el oleaje embravecido y los vientos impiadosos, navega con pulso firme y semblante imperturbable, persuadido por su experiencia de numerosas tempestades de que siempre hay unas posibilidades de sobrevivir. Las tempestades vividas y las alegrías de la mar con serenidad recobrada son para el viejo marino el fundamento de su esperanza.

En el viejo sirve su condición de testigo de la esperanza. Le oí decir al escritor argentino Ernesto Sábato, en su vieja casa de los Santos Lugares: «Algo así como una visión tremenda me hace sentir que ya pasó la gran pesadilla, que ya hemos comprendido que el hombre es una criatura que solo sobrevive por la esperanza». Lo decía cuando su país se debatía en la pesadilla de la guerra de las Malvinas.

El viejo tiene el privilegio que comparte de haber llegado a la serenidad espiritual que viene después de las grandes tempestades. Ese influjo de serenidad y de apaciguamiento, hecho de sabiduría, le señala a la sociedad el norte de los avenimientos, de la tolerancia y del trabajo en común.

Escribo esto y encuentro, como respuesta a la pregunta inicial, que el viejo puede y debe cumplir esa tarea de descubrimiento de la fuerza cohesionadora y restauradora del perdón.
El perdón implica la sabiduría de reconocer que el ofensor es alguien que se equivocó como todos los humanos nos equivocamos, y la audacia de romper las amarras con el pasado de la ofensa, y de concederse la libertad de construir el futuro. Por tanto, para perdonar se necesita haberse equivocado y haberse perdonado a sí mismo muchas veces. Este suele ser un don que deja la vida larga; para perdonar se necesita del talante humilde del que ha sido víctima y victimario de muchas equivocaciones; para perdonar se necesita leer en las propias cicatrices la posibilidad de recuperación y de reconstrucción de la vida, y estas son características del viejo. Los viejos, pues, sirven para gritar que el perdón es posible.

Desde este punto de vista de lo que el viejo tiene para darle a la sociedad, es impensable el pesimismo con que los demógrafos miran el crecimiento de la población vieja en el mundo. Esto lo anuncian ellos como una potencial calamidad, pero puede anunciarse como una buena nueva si se descubre la posibilidad de una nueva historia presidida por la sabiduría de la vejez, que fue el ideal buscado por los griegos, los romanos y los israelíes.

Los viejos que descubren la magnitud y necesidad de las tareas que tienen por hacer dejan atrás la idea de que envejecer es echarse a morir; en vez de ese devastador pensamiento, se echan a vivir porque así hacen reales todas las posibilidades que les da la vejez; la sociedad, a su vez, descubierta la respuesta a la pregunta ¿para qué sirve un viejo?, se aleja del peligro de la orfandad espiritual que los sicólogos describen como la neurosis de una sociedad sin padre, o síndrome del niño abandonado.

Ni el cariño, ni la serenidad, ni la sabiduría de los abuelos parecen hacer parte del patrimonio de una sociedad que ha creído poder prescindir del viejo.

Decía Cicerón que la naturaleza, como un buen autor de teatro, no ha dejado su obra a medias. Ha hecho una auténtica joya de ese primer acto que es la infancia y ha parecido superarse a sí misma con el esplendor de los actos siguientes: la adolescencia, la juventud, la edad madura y, como todo dramaturgo genial, ha reservado lo mejor de su creatividad y de sus recursos para el acto final que es el de la vejez. Se trata de descubrirla así: como el resonante final de una obra monumental y no como un melancólico y triste final. Como en las grandes sinfonías que en su último movimiento reúnen todos los instrumentos con lo mejor de los temas interpretados a lo largo de la obra, para resumirlos en majestuoso acorde final, así la naturaleza ofrece en la vejez lo mejor y más logrado de toda la existencia.

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