Edición Julio a Septiembre 2018 Nº 118

El deber ético de no dejarse derrotar
Ética

El deber ético de no dejarse derrotar

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Después de la tragedia de Armero, cuando toda una ciudad y sus habitantes quedaron sepultados bajo el lodo, hubo una reacción de los sobrevivientes que puso a los organismos de ayuda en estado de alerta. Se los encontraba en los refugios, pasivos y derrotados. Se autocompadecían todo el tiempo y llegaron a convertirse en una población dependiente de las ayudas que les daban. Vi a muchos de ellos, sentados o acostados en sus refugios, al lado de pilas de latas, cajas y frascos con toda clase de alimentos donados.

En una situación parecida, el terremoto que destruyó a Armenia, vi otra clase de reacción. Los propios damnificados trabajaban en la construcción o reconstrucción de sus casas. Era otra manera de enfrentar el fracaso.

La primera es equivocada porque permite que al mal hecho por la naturaleza: avalancha, inundación o terremoto; o a los males sociales: la guerra, la corrupción o la violencia, se sume otro mal: la destrucción interior de las personas, que a eso equivalen las lamentaciones, la pasividad y la interminable autocompasión de aquellos sobrevivientes de la avalancha que vi en los refugios. Si, en vez de lamentarse, las víctimas apelan a su iniciativa y le hacen frente al desastre buscando soluciones y poniéndolas en marcha, se multiplican las posibilidades de recuperación y las personas mantienen una cierta inmunidad frente a la destrucción o la degradación.

Cuando ocurre que a pesar de las calamidades los seres humanos reaccionan para superarlas —ese es el verbo, superar, o sea ser más grande que el desastre y dejarlo atrás para comenzar de nuevo—, es porque se ha cumplido un proceso que deduzco después de oír el relato de personas que salieron adelante en los desastres.

“Estaba como atontada, hasta que me senté y pensé: ¿qué pasó aquí?”, dijo una mujer armerita. Entonces pasaron delante de sus ojos las escenas y el inventario de todo lo que había perdido: el esposo, la casa, el lugar de trabajo; le quedaban dos hijos pequeños y lo que tenían puesto. “Pero sé trabajar, me quedan amigos y, sobre todo, quiero ver crecer a mis muchachos”.

Es el primer paso: saber qué pasó y por qué pasó. Cuando esto se sabe viene el segundo paso: ¿qué hay que hacer para seguir adelante?, ¿de qué dispongo para hacerlo? La respuesta a estas preguntas introduce en un mundo poco conocido, el de las posibilidades que no habían sido utilizadas y que se ponen de manifiesto cuando urge sobrevivir.

El tercer paso es el de los que se ponen en acción para dejar atrás el fracaso o el desastre. Entonces se vuelven acción las soluciones encontradas. Aquellos sobrevivientes cuyabros que vi después del terremoto, levantando sus casas, estaban en esa etapa. Esta es una respuesta individual a una calamidad individual, pero cuando aparecen calamidades que dañan a toda la sociedad, también es aplicable el proceso positivo de enfrentar las desgracias.

Son esos desastres que todos padecen: la guerra, la violencia, la corrupción, las crisis económicas. ¿Cómo reacciona la gente frente a ellas? Esa reacción puede ser cualquiera de estas:

La de indignación y protesta. Es una reacción ruidosa que aparece en la prensa; llega, grita y pasa. Y no cambia nada.

La de resignación, acompañada de lamentos y de repetición monótona de la historia de la desgracia. Es el comentario de los columnistas en los periódicos o noticieros, o de los contertulios de café o de mesa de comedor, en que la tragedia se vuelve tan efímera como las tazas de café que se consumen. Alguno lo dijo, después de una apasionada conversación sobre la corrupción: “La corrupción no se arregla con babas”.

Sí, esto no se arregla con editoriales, ni con columnas de prensa, ni con discursos de políticos, ni con sermones en los púlpitos. Entonces ¿con qué? Y va el ejemplo:
El espectáculo de la corrupción de políticos y gobernantes, que hoy abruma a los quindianos, solo se puede enfrentar con hechos de recuperación, como descubrió en Armero esa madre de tres niños que emergió del lodo para comenzar de nuevo.

Igual que ella, los quindianos como sociedad tienen que preguntarse, como primer paso: ¿qué pasó aquí?, ¿cómo pudieron llegar los ladrones a los puestos públicos? Si la sociedad tiene la honradez de autocriticarse, descubrirá sus propias debilidades y errores, y esta es una clave de progreso. Se aprende más de los errores que de los aciertos. De ese examen de lo sucedido, en este caso se siguen severos cuestionamientos: un ladrón llega a un cargo público, o porque fue elegido con los votos de todos, o porque fue nombrado por uno de esos elegidos. Si los ladrones meten las manos en los bienes de todos, lo hicieron con nuestra autorización, la de nuestros votos, o valiéndose de estructuras políticas, jurídicas o institucionales que tienen que ser cambiadas. Y que están vigentes por el respaldo ciudadano.

Ese examen de lo que pasó y por qué pasó es revelador: somos víctimas de nuestros propios votos, o de nuestros respaldos políticos, o de nuestra indiferencia o, puede ser, de nuestra complicidad. Por tanto, se vuelve urgente saber qué se debe hacer, primero en uno mismo, y después en la vida de la sociedad, para que la calamidad termine o no se repita. Consciente de lo que falló, esa sociedad hará lo necesario, en el caso de la corrupción oficial, para que los pícaros no lleguen al poder. Es, entonces, el momento de actuar para culminar el proceso.

Esta larga descripción ha dejado ver, en acción, unas virtudes cívicas indispensables, sin las cuales no se puede convertir una derrota en oportunidad. La honestidad que urge llegar a la verdad de lo sucedido; la solidaridad, para buscar y ejecutar soluciones juntos; la valentía para aceptar la verdad de los errores y de las debilidades.

Todas estas son virtudes éticas que hacen concluir que hay un deber ético de reaccionar de modo constructivo cuando una calamidad castiga.

Se pueden recibir como voces de aliento las de filósofos, como Edgar Morin cuando da una clave aplicable a estos casos: “Lo que importa es saber que hay un posible, aún invisible, en lo real”. Eso real puede ser la avalancha, el terremoto, la guerra o la corrupción. En cualquier caso, allí hay una posibilidad, es el mensaje.

Otro filósofo me detiene con su consigna: “Hay que exorcizar la desesperación. Siempre habrá oportunidades que aprovechar. La esperanza me dice que hay un sentido, busca un sentido”, leo en Paul Ricoeur.

En efecto, hay un deber ético de mantener encendida la esperanza cuando todo parece fracasar. Desde la esperanza se sabe qué y cómo hacerlo.

Por: Javier Darío Restrepo
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