Edición Abril a Junio 2018 Nº 117

Nacidos para cambiar
Región

Nacidos para cambiar

Es una de mis imágenes imborrables: aquella plaza de Managua con el edificio de la Asamblea Legislativa al frente, y al costado la catedral, entonces agrietada por un reciente terremoto, todo colmado por nicaragüenses llegados de todas partes para participar de la entrada triunfal de las tropas sandinistas. Aplausos, gritos, lágrimas, risas, abrazos porque había llegado la hora del cambio: el régimen corrupto y cruel de los Somoza quedaba atrás y era la hora de lo nuevo.

Uno de los más antiguos entre los guerrilleros, recostado contra una columna del Palacio Legislativo, nostálgico, me contó la hazaña de los primeros días, cuando solo hablar de un cambio de régimen era motivo suficiente para ser encarcelado y torturado. En esos días el cambio de régimen era un posible entre muchos. La fiesta a la que asistíamos había comenzado con un posible. Algunos habían creído que era posible el cambio.

Lo posible, como motor, impulsa el cambio. Era posible llegar a ser pareja, para esa pareja era posible formar un hogar, para los hijos de esa pareja era posible llegar a ser alguien: profesionales respetados; para un profesional era posible ascender en la escala profesional… y todos esos cambios, desde el tímido acercamiento de él a ella, hasta el brillante ascenso del hijo de ellos, todo eso ocurrió por la aparición y reaparición de lo posible.

No siempre los cambios son así de importantes. Hay cambios triviales: que decides cambiar las cortinas o los muebles; uno se cambia de camisa o de zapatos; también se cambia de casa, de trabajo o de auto. Cuando se tiene un hijo uno estrena corazón, normalmente la vida se le cambia. ¿Pero qué sucede si en vez de estrenar corazón, se reutiliza el viejo corazón y se insiste en las viejas mezquindades, con sus odios y pequeñeces?

Entonces aparece la pregunta ética: ¿impone deberes el cambio? ¿Cambiar es un asunto ético?

No se lo pregunté así al viejo guerrillero sandinista en aquella plaza ebria de triunfo, pero de sus relatos concluyo que para ellos la lucha contra Somoza era un deber de conciencia.

No hacerlo era resignarse a padecer una tiranía y volverse cómplices de aquella situación que convertía a sus compatriotas en víctimas. Cambiar no era una opción, era un deber.

Esto no aparece tan claro en el caso de la pareja; sin embargo, mirada años más tarde y después de la crianza de los hijos, aquella primera decisión de tímido acercamiento adquiere el aspecto severo de un deber ético: todos estos años de crecimiento como personas dependieron de aquellos momentos de fe en lo posible.

Todo ser humano es un ser posible, nunca es un ser acabado o terminado, o, dicho de otra manera, los humanos somos como las ciudades, que siempre se están construyendo porque siempre hace falta algo y, por tanto, nos mantenemos en estado de construcción ininterrumpida. Somos seres en estado de constante cambio.

Lo contrario es lo que pasa con los que están convencidos de que como son, así deben permanecer. El «así soy yo y así me quedo» es la deprimente fórmula de los resignados y mediocres. Son los buenos para nada que se convierten en una carga para la familia y para la sociedad.

El que se estanca es parte del peligro de corrupción que se cierne sobre todos los estancados: agua, alimentos o personas; contradice una ley de la naturaleza que ordena el cambio constante. Desde las plantas hasta las amebas, el universo todo se mueve en un proceso de cambio que no cesa. En los humanos esa ley es aún más exigente porque en ellos no solo se dan los cambios mecánicos o químicos o biológicos; en ellos, movidos por la conciencia, el cambio tiene que ver con sus posibilidades como personas, también como parte de la sociedad y de todo lo creado.

Así, el cambio se revela como un deber con uno mismo y como un deber para con la sociedad.

Es explicable, desde luego, el temor de las personas ante la perspectiva de un cambio, sea de casa, de empleo, o de hábitos personales. La vieja casa está poblada de recuerdos, ha sido el escenario de un modo de vivir y el marco de seguridades adquiridas. Todo eso se pone en riesgo en la casa nueva. Los cambios tienen su costo. El nuevo empleo puede demandar el desarrollo de otras habilidades, cuando lo cómodo sería seguir con las viejas prácticas; dejar de fumar, ajustarse a una nueva dieta, o emprender la tarea de controlar las emociones son cambios que sacrifican otros modos de ser y de vivir, para que aparezca lo nuevo o emerja lo posible.

Es, pues, un deber consigo y con los demás, que nace de nuestra condición de humanos. Todo ser humano nace para cambiar y llegar a ser excelente. Ese impulso hacia la excelencia se manifiesta en la inagotable necesidad humana de cambio: negarse a ese impulso es contrariar la naturaleza, mientras la ética no es otra cosa que la obediencia a la naturaleza. Aparece así el cambio como un fundamental deber ético.

Por: Javier Darío Restrepo

 

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