Edición Enero a Marzo 2019 Nº 120

El ancho mundo del otro
Ética

El ancho mundo del otro

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Por: Javier Darío Restrepo

eticaHoy, al recordarlo, descubro que en casa se impuso desde muy temprano una ley de no agresión: nada de golpes ni pellizcos, no puntapiés, estrujones ni palmadas entre los hermanos. Después aprendimos la ayuda de los mayores a los más pequeños, y el paso siguiente fue sentir que éramos todos para todos; como los mosqueteros: uno para todos y todos para uno.

Con los años hemos llegado a apreciar ese aprendizaje de convivencia y de unidad familiar como la herencia más valiosa que pudieron dejarnos nuestros padres.

A veces comparamos esa con otras herencias posibles, por ejemplo fincas, casas, joyas, cuentas bancarias, y muy pronto caemos en la cuenta de que la nuestra es la mejor herencia posible. Basta para convencernos de eso el espectáculo triste de las familias divididas por una herencia en disputa, como si los padres en vez de una riqueza les hubieran heredado una guerra familiar.

Las riquezas, grandes o pequeñas, llegan a convertirse en el gran estorbo para la solidaridad, el respeto y la tolerancia en las familias. Pasa lo mismo en los pueblos y en las naciones: las disputas por la posesión de tierras, por ejemplo, han sido en Colombia el origen de las guerras que hoy nos avergüenzan al cabo de casi dos siglos de vida independiente. Las tierras, el dinero, las acciones, los negocios familiares no dejan ver en el otro el vecino, el hermano, el prójimo, y nos lo convierten en el rival y en el enemigo.

En cambio, cuando ignoradas las voces de la avaricia uno abre, como si fuera el arca de un tesoro, la herencia del afecto familiar, se descubren valores que brillan como joyas. Es el caso de ese ambiente de confianza que se respira en las familias que se quieren. Confiar en alguien tiene mucho de descanso. Saber que de esa persona que tengo al lado solo puedo esperar apoyo, seguridad y afecto es una bendición; o, como se dice comúnmente, un bien que ningún dinero consigue.

eticaEsa seguridad de los valores del otro y de que los propios valores serán reconocidos es el punto de partida para la complementariedad, esa suma de valores que hace más fuertes a las personas, a las familias y a los pueblos. Tal es el punto de partida para lo comunitario.

La familia, los pueblos, apoyados en esa solidaridad, dejan de ser una suma de personas dispersas, para convertirse en comunidad donde se hacen comunes los intereses, los proyectos, las penas y las alegrías. Y es evidente: una sociedad, una ciudad, un país que logran esa unidad son fuertes y tienen en las manos la posibilidad de progresar.

Es un logro que se obtiene cuando se rompe la burbuja de los egoísmos y uno se abre al mundo ancho y ajeno. Esto les pasa a los individuos, también a las familias y a las sociedades: cuando abandonan ese encierro sobre sí mismos, entonces, y solo entonces, comienzan a crecer y a desarrollar sus posibilidades. Es un fenómeno parecido al de la evolución de las personas que solo cuando abandonan esa posición fetal sicológica de los primeros años, y dejan de pensar solo en sí mismas, y se abren a los demás, comienzan a crecer como adultos.

eticaUno, como persona o como parte de una sociedad, no puede ser alguien sin el otro. Nadie se basta a sí mismo; siempre necesitará la relación con el otro para activar sus posibilidades y para llenar los vacíos que dejan las propias limitaciones y errores.

Por eso cuando uno se hace responsable del otro se integra en el universo de lo humano. Hay muchas maneras de asumir esa responsabilidad, desde las más obvias de la responsabilidad de los padres sobre los hijos, o de los hijos sobre sus padres ancianos, o del hermano mayor sobre los hermanos menores, hasta la de los humanos sobre los otros humanos, que es el caso de la ayuda al migrante desconocido, o la responsabilidad sobre los que necesitan de uno, o la que se genera por el desempeño de los cargos públicos o el ejercicio de alguna profesión. En cualquier caso, esa relación generosa con los otros lo hace a uno más humano. En cambio, ignorar o rechazar esa relación me deshumaniza y me empobrece como persona.

A los humanos nos moldea esa relación con el otro de un modo semejante a lo que hacen las olas con las playas y las rocas de los acantilados: con su roce constante, les dan forma. La relación con los otros nos da la forma y la perfección como humanos.

Pienso en la tolerancia que nos saca del estrecho espacio de nuestras opiniones y caprichos personales y nos proyecta al ancho y rico mundo de los demás, para valorarlo y aceptarlo; sucede lo mismo con el respeto, ese reconocimiento en acción de la dignidad ajena.

Sin estas actitudes hacia el otro, la familia, la sociedad local, el país se vuelven débiles y vulnerables a castigos como la violencia y la corrupción; en esas condiciones la vida es intolerable e inhumana. En cambio, la solidaridad, el respeto, la tolerancia hacen resplandecer la vida como una fiesta de lo humano.

Tal vez esta sea la razón verdadera que tuvieron nuestros padres para enseñarnos a vivir como familia; bien sabían ellos que tales actitudes de amor y respeto al otro garantizan, más que cualquier otra disciplina, la capacidad para construirse uno ―y hacérsela a los demás― una vida feliz.

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