Edición Enero a Marzo 2018 Nº 116

¿De qué está hecho un líder?
Región

¿De qué está hecho un líder?

Sé que voy a coincidir con ustedes: cuando uno busca el primer líder que ha conocido en su vida, tropieza con la imagen de sus padres: ¿papá?, ¿mamá?, ¿ambos?
En ellos es posible distinguir el perfil que encontrará en los mejores de los líderes de la sociedad, sean políticos, de empresa, del deporte, de la cultura, de lo que sea.

Deténgase a observar esa dominante cualidad de sus padres: estaban comprometidos, de tiempo completo, con usted. Uno sabía que podía contar con ellos para todo, que anteponían los intereses de uno a sus propios intereses y que estaban dispuestos a entregarlo todo con tal que uno se mantuviera intacto. En esa entrega total radicaba toda su fuerza e influjo sobre nosotros.

A muchos les he oído decir que, después de muertos, la de sus padres era una voz que seguía viva en consejos elementales pero perdurables: «ni ojo en carta ajena, ni mano en plata de otro»; «la palabra de un hombre es sagrada»; «nadie sabe la sed con que otro bebe», y así, palabras que no se llevó el viento porque quedaron grabadas, como con fuego, en la memoria y en la conciencia.

Eso es un líder: su compromiso total le da autoridad y vigencia.

Es una parte de esa entrega, otra cualidad: la coherencia. Uno podía mirar a sus padres como un ejemplo. No se trataba de sermonear, sino de enseñar con la vida. No eran perfectos, claro, pero se esforzaban —¡y en qué forma!— por dar buen ejemplo a los suyos. A más de un padre le he oído disculparse, antes que con nadie, con los hijos, por algún error cometido. Eran hombres y mujeres que tenían a sus hijos presentes como primeros destinatarios de las enseñanzas que predicaban con su ejemplo. Eso les daba esa calidad de guías y de orientadores, de los líderes.

Alguna vez me pregunté por qué el lenguaje común designaba como el líder de la vacada o del rebaño al caballo o al toro que iba adelante en una recua. Lo llamaban así porque iba adelante para guiar y proteger a la vez. Y el líder en un combate es el que lleva la bandera o encabeza la operación asumiendo la conducción y todo el riesgo. Esa entrega, fortalecida con la coherencia, les da a los líderes el peso moral que necesitan para cumplir su función.

Este término, función, debí tacharlo y reemplazarlo por otro más apropiado: la de los líderes no es una simple función, la de ellos es una misión. Así como lo leen: una misión.
A más de un padre o una madre les oí referirse a su vida en el hogar como una misión. Entendían que ser padre o madre era «su misión en la vida». En la palabra misión sentían más fuerza que si usaran las palabras oficio, tarea o función. Lo de ellos era más que todo eso: ser padres era para ellos «una misión». ¿En dónde está la diferencia?

Los diccionarios relacionan la misión con un antecedente etimológico latino, el verbo mittere, que es ‘enviar’. La misión es un envío, una mano tendida, y el que asume una misión es un enviado con un objetivo específico y vital.

Se llama misión a esa operación especial que, sea de salud, o de diplomacia, o de paz, o de cultura, o de asuntos deportivos o económicos, tiene por objetivo resolver algo, impulsar una idea, una política, como no lo puede hacer cualquiera, solo un enviado. El líder cumple una misión, tiene un objetivo central al que se entrega. Los líderes son, pues, misioneros, hombres o mujeres de entrega total, como uno lo ha visto en sus padres. Son los que viven para una misión.

El liderazgo aparece descrito en numerosos manuales y cursos virtuales o presenciales, pero solo se descubre, vivido, en los padres, que son los primeros líderes, y de su experiencia resulta clara la definición de una fisonomía ética del liderazgo.

En efecto, el liderazgo es el resultado de una actitud ética fundamental: la apertura hacia el otro. El ser humano, en su vocación original, encuentra que está hecho en función del otro. De modo que compartir, comunicarse, sentirse responsable de… son mandatos de la naturaleza sociable del hombre que no son opcionales, son imperativos; y quien más tiene, obedece ese mandato de compartir con mayor abundancia. Un líder, por lo general, dispone de más valores, algunas veces en bienes, pero sobre todo en calidades personales que debe compartir.

Esa calidad de alguien, obligado a compartir, a la vez que enriquece, desarrolla su condición humana, obliga a la coherencia, que es unir palabras y acciones en un todo de autenticidad.

El líder que se entrega y comparte lo mejor de sí, a partir de su ejemplo de vida, no tiene derecho a cansarse. Tal vez, sin saberlo, ha creado alrededor suyo grandes expectativas. El líder activa la esperanza, esa fe en lo posible. Por esa razón, un líder que claudica o que se cansa causa, sin proponérselo, oleadas de desesperanza que cierran los caminos del futuro.

Estas condiciones hacen del liderazgo un hecho exigente que los padres asumen al principio como parte de su función natural, pero luego se hacen conscientes de las grandes implicaciones de ser padre. Esto ocurre cuando pasado el predominio de los sentimientos la presión de lo real, lo difícil, lo doloroso o dramático les impone dar lo mejor de sí, presionados por la conciencia de su deber. Así aparece ese líder que recordamos y que, sin dudarlo, señalamos, al calificar a papá o mamá, como nuestro héroe o el mejor de nuestros recuerdos o el titular de las imborrables enseñanzas. Esto explica que, desde su eternidad, sigan siendo nuestros líderes.

Por: Javier Darío Restrepo

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