Edición Octubre a Diciembre 2017 Nº 115

El pastor que nació en Quimbaya

No sé si alguna vez los hubo, pero ahora, cuando llego a esta casa episcopal para entrevistarlo, no encuentro aires principescos, todo es claro y sencillo como en las casas campesinas. Quedaron atrás, como cosa del pasado, aquellos salones alfombrados, aquella sala de espera con la gran fotografía del obispo y un Sagrado Corazón, como decorado; aquel secretario, todo de negro hasta los pies vestido, que asegura que su excelencia lo atenderá en unos minutos. Todo eso ha desaparecido. Por supuesto, también, aquella figura imponente de pectoral que destellaba sobre una sotana impecable de botones morados, cruzada a la altura de la cintura por una banda de seda violeta, del mismo color del solideo; con el obispo Noel Londoño, que encuentro en el comedor, esas apariencias no cuentan: viste pantalón y un suéter oscuro, y sé que es el obispo porque lleva colgada al cuello una cruz de metal y porque todo él desborda de acogida. Nada de principesco en su porte, y pastor ciento por ciento, como todos los que siguen el pensamiento renovador del papa Francisco.

No es solo cuestión de apariencia; en la conversación que sostuvimos me sorprendió con detalles como: «Yo les pregunto a los muchachos que van a hacer la confirmación si saben ordeñar, cultivar café, cuidar terneros; los niños en la casa ―evidentemente hablaba de su propia infancia―, cuando vivían en el campo, en tiempos de cosecha ‘garitiaban’, llevaban comida a los trabajadores, encerraban los terneros…»

Tuvo 13 hermanos, cuatro murieron recién nacidos y a los otros diez los levantaron un papá que tenía una tienda y una mamá que cosía la ropa de los hermanos mayores para que les sirviera a los menores: «Yo hice la primera comunión con la ropa de mi hermano mayor» Y agregó: «Yo soy el segundo de los sacerdotes en mi casa; somos cuatro hermanos sacerdotes, y dos sobrinos también sacerdotes». Los veo a todos en una singular foto en que los seis rodean al papa Francisco.

Creció en Quimbaya, y sus estudios, que concluyeron con un doctorado en Teología en la Universidad Gregoriana, de Roma, no le hicieron perder el modo de ser sencillo y franco de los quindianos.

Creo entender por qué es así, cuando me cuenta que terminaba la primaria y por la escuela pasó un misionero que les habló a los escolares sobre los indios de las misiones. Deslumbrado dijo: «Esto es lo mío», y así llegó a ser misionero redentorista. De eso hace 44 años.

He ido a su casa para preguntarle sobre las exploraciones de una compañía minera sudafricana que busca oro en las tierras de Jericó: «Minería sí, pero no así ni aquí», me responde, pero esa es otra historia. Lo que he querido decir es que ese día tuve un feliz encuentro al conocer a monseñor Noel Londoño, obispo de Jericó, nacido hace 68 años en Quimbaya y un estimulante ejemplo de los que el papa Francisco llama «obispos con olor de oveja», de tan cercanos como viven con la grey que pastorean.

Por: Javier Darío Restrepo

Hijos de una aventura

Hace algunos años un amigo de apellido Londoño, pero nacido en el norte de Caldas, me preguntó si estaríamos emparentados. Mi respuesta lógica, conociendo el proceso de colonización de Caldas y del Quindío, fue: “Muy probablemente”. Pero le advertí, en tono jovial: En aquella aventura del siglo XIX se vinieron muchas familias antioqueñas, bajando al río Arma y subiendo por Aguadas, para continuar por Pácora, Salamina, Manizales… Los más valientes siguieron hasta el final (montañas del Quindío y del Tolima), mientras que por el camino se fueron quedando los cojos, los enclenques y enfermizos… No volvimos a hablar del tema.

Nosotros, los hijos de esta aventura, nos caracterizamos por ese espíritu inquieto en el que caben negociantes, culebreros, campesinos y ‘avivatos’. En estos dos siglos han aflorado en el Quindío agricultores y comerciantes echados para adelante, magnánimos dirigentes sociales y culturales, generosos servidores del pueblo de Dios. Ahí me incluyo, con mis hermanos y sobrinos sacerdotes, junto con otros tres obispos nacidos en el Quindío. Y se incluyen ahí los miles y miles de paisanos que han salido del país para conquistar el futuro.  Cuando he encontrado un quindiano, sea donde sea, descubro en “nuestra gente” muchas cosas que me constituyen como ser humano y me han hecho feliz. No nos sentimos una mezcla inacabada de factores genéticos sino un filón de la raza paisa que el tiempo ha ido destilando.

Noel Londoño,
obispo de Jericó, Antioquia

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