Edición Octubre a Diciembre 2017 Nº 115

La Esquinita de Pelé
Región

La Esquinita de Pelé

Por más de 30 años, Arled Muñoz ha sido un referente musical de la ciudad. En su discoteca guarda cerca de 10 mil discos long play de 33, 45 y 77 revoluciones

Una noche la suerte le sonrió, como en el tango, y lo dejó ser el rey de la esquina.  Iba de salida, a las dos de la mañana cerraba su negocio, y como una fantástica aparición que recordará hasta el fin de sus días, conoció en la puerta de su sitio de trabajo al famosísimo cantante Alberto Podestá.

En el sector del Parque Cafetero de Armenia, el ícono de la música argentina se bajó de un taxi, y el mismo conductor se ofreció a pagar la multa que cobraban por no cerrar el establecimiento, con tal de que Arled Muñoz los dejara pasar a su negocio, La Esquinita de Pelé.

Al gran Podestá lo traían promotores musicales que le hablaron de un reconocido lugar de un barrio céntrico de Armenia en el que se reavivaba la nostalgia tanguera de canciones que embellecen el dolor y lo hacen más humano.

Ese es el mejor recuerdo que atesora Arled, popularmente conocido como Pelé. Lo inmortalizó con un autógrafo en el disco número 729, Noche de Tangos en La Pampa, ubicado en una de las tantas estanterías que señala la fecha de la muerte del ídolo que lo llevó a amar el tango más que el baile, más que el billar, más que su oficio de mecánico, y por el que manifiesta aún con reverencia, absoluto respeto y admiración.

Por más de treinta años, La Esquinita de Pelé ha sido un referente musical de la ciudad, que guarda en paredes que soportaron el remezón del terremoto de 1999, cerca de 10 mil discos long play de 33, 45 y 77 revoluciones por minuto que Pelé conoce como la palma de su mano.

Desde que compró esta tienda de barrio, en la que se dañaban el pan y los artículos perecederos, para convertirla en un bar de tangos, milongas, boleros y pasillos, pese a los extensos horarios, no se cansa de asumir la cotidianidad y el encanto de su oficio, porque tiene alma de poeta y de contador de historias.

Su taller de mecánica es ese recuerdo del pasado que abandonó para aferrarse a la magia del tango; solo este género le despierta esa pasión por atender una clientela exclusiva y familiar que llega para que le ponga los discos que marca en las esquinas, con lápiz y pegando pedacitos de cartulina arrugada para clasificarlos por nombre de orquesta y por género musical.
Pelé guarda los primeros casetes que le regalaron sus amigos, y pasa las horas anotando a mano sus cuentas en un viejo facturero, todos los días sagradamente, de tres de la tarde a dos de la mañana, y en la misma libreta el listado de canciones para complacer a quienes le piden temas que salgan con sus penas.

En medio de la nostalgia del tango, desde hace tres decadas, Pelé regresa siempre a casa tarareando canciones de orquesta de Alfredo de Angelis, pensando en sus ídolos, en su esposa, Blanca Inés, y sus hijas, Sandra, Ana María y Luz Eida, porque en el límite y la euforia del tango ha aprendido que «mientras haya dos, habrá felicidad».

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