Edición Octubre a Diciembre 2017 Nº 115

Agudelo el guaquero de La Tebaida
Región

Agudelo el guaquero de La Tebaida

Este año va a cumplir 55 de edad, sin embargo es el más joven de los últimos guaqueros del Quindío. Se llama Guillermo Agudelo Corrales, vive en La Tebaida, y desde que cumplió quince años de edad ha trabajado en el oficio de la guaquería. Guaquear es buscar tesoros en antiguas tumbas indígenas, lo que a finales del siglo XIX y comienzos del XX era toda una profesión, que hacía ricos a unos, pero desgraciados a otros. Precisamente, porque hallaban valiosos tesoros de oro, que despilfarraban como venían. Descendiente de estos guaqueros es Guillermo Agudelo, aunque en los tiempos del tercer milenio su actividad está más enfocada a la agricultura.

Agudelo siguió los pasos de un vecino, Avelino Torres, un hombre avezado en este oficio de la guaquería, que traía en su bolsa piezas de oro elaboradas por los indígenas, que mostraba con orgullo entre los de su comunidad. “Me fui con él y aprendí el oficio. Lo primero que hice fue ‘echar’ pala, remover tierra, hacer un hueco. Así se aprende a clasificar la tierra, y con el paso del tiempo uno adquiere el conocimiento para saber dónde hay y dónde no hay un entierro”, dice este último guaquero del Quindío, que ahora solo busca y abre tumbas indígenas por contrato, pues sus días discurren en la actividad agropecuaria.

En el Quindío subsisten no más de veinte buscadores de tesoros de este tipo, pero todos lo hacen por contrato. Ninguno se arriesga ahora con su media caña a catear los terrenos donde posiblemente haya guacas, sino que esperan a que un propietario de un predio los llame para que hagan la inspección.

Guillermo perdió la cuenta de las guacas que encontró y sacó. Cuando se le pregunta cuántas fueron, contesta: “No tienen contadero, no he llevado la cuenta, son cantidades las que he encontrado; de hecho, viví mucho tiempo de la guaquería. Ahora solo salimos a guaquear cuando el dueño de una finca me contrata para hacerlo. No voy a buscar guacas por cuenta propia”. Recuerda que los sitios preferidos para encontrar las tumbas indígenas son las colinas recortadas. “En el Quindío, los indígenas enterraban a sus seres queridos en las partes llanas, o hacían en las partes altas un corte del filo de una colina, lo que la convertía en una pequeña sabana, y ahí hacían las tumbas. Por eso, en esta región se hallan tantas colinas recortadas. Esos son los sitios donde buscamos las guacas”.

Este guaquero asegura que ya no hay mucho oro en las tumbas indígenas. “Encontramos mucha cerámica, la batea de piedra, una manito de piedra, los husos para hilar y muy poquito oro. Mucha cerámica, muy bonita, se vendía bien la otra vez. Antes venían cinco o seis compradores en busca de cerámica, era muy perseguida, con buen precio, pero ese negocio se acabó porque se emitió una ley que lo prohibió”.

Guillermo narra que lo que más se encuentra son alcarrazas, vasos silbantes, muñecos, cántaros e incensarios. Los muñecos son figuras humanas de indígenas, de barro, unas de ellas eran recipientes. También muchas piezas de cocina, ollas negras y copas de barros gruesos. Cuando en la tumba hay oro, se trata de torzales y narigueras, y, de pronto, aretes y pectorales, pero nunca piezas grandes como las que se hallaron a finales del siglo XIX en la finca La Soledad, en Filandia, y que se conocen como el Tesoro de los Quimbayas.

Para este buscador de tesoros, las guacas no alumbran en Semana Santa, como dice el antiguo mito en el Quindío. “Personalmente, no las he visto alumbrar ni me han asustado jamás dentro de ellas”, precisa este hombre que durante más de cuarenta años anduvo destapando tumbas, y que expresa hoy con tristeza: “Yo no vivo ahora de la guaquería, trabajo en labores agrícolas en las fincas de La Tebaida; la guaquería se extinguió.”

 

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