Edición Octubre a Diciembre 2017 Nº 115

Nicolás, el foto-agüita
Región

Nicolás, el foto-agüita

En una época en que la inmediatez manda la parada, en que las cámaras de fotografía están a la mano en un celular, en Filandia un hombre se resiste a dejar atrás el pasado de un oficio: el de tomar fotos en papel, en blanco y negro, con una cámara de cajón de comienzos del siglo XX.

Si en uno de sus tantos encuentros amorosos en el parque de Filandia Sebastián y Gaviota hubieran visto a ese hombre esbelto, de sombrero, pequeños aretes, enorme carriel y pinta de caficultor tomando fotos en blanco y negro con una cámara antiquísima, de seguro habrían posado para él eternizando aún más su amor de telenovela.

Y es que cuando se viaja a ese pueblo del Quindío es casi imposible resistirse a dejarse retratar por Nicolás Spath Botero. Desde hace tres años se le puede ver los sábados, domingos y festivos bajo el veraniego cielo de Filandia, en el parque, diagonal a las imponentes tres cúpulas de la parroquia de María Inmaculada, tomando la foto-agüita: así se les conoce a las imágenes fijas obtenidas con una cámara de cajón ―de las que se comenzaron a usar a finales del siglo XIX― que no permite ni cambiar la distancia del foco ni abrir el obturador ni regular la velocidad, y solo se puede utilizar en exteriores, en días soleados.

Gerente unipersonal de foto-agüita, así se define en su perfil de Facebook este artista nacido en Bogotá, pero con cara de paisa. Al fin y al cabo, tiene raíces antioqueñas, y de su papá, de ascendencia libanesa, le viene su apellido extranjero.

Los balcones multicolores florecidos con margaritas y besitos le sirven de telón de fondo a las fotos que le piden los residentes y los miles de turistas que se dejan embrujar por el Paisaje Cultural Cafetero.

«La bruja» es el nombre que le tiene a su cámara de madera, y con trípode, esa que era de su abuelo y que él decidió restaurar cuando tuvo claro que lo que quería para su vida era ser su propio jefe, no rendirle cuentas a nadie, y al mismo tiempo divertirse, ir de país en país, de pueblo en pueblo, retratando a la gente con su foto-agüita. «Esto es como jugando a la lleva, cuento hasta tres y listo», es lo que les dice a sus clientes antes de congelar sus sonrisas en el tiempo y en el espacio.

Los niños hacen cola y preguntan cómo funciona mientras sus familiares piden un turno para la pose en medio del desfile de los jeeps Willys en miniatura y de las paletas de colores que un hombre vende a gritos en los alrededores. Los retratados deben tener paciencia, no moverse, no respirar mientras el lente captura la luz de sus cuerpos y su entorno.

Dispara. En su mano derecha un guante de látex, en su brazo una especie de manga de carnaza, la mete en el cajón a oscuras.
«Este es mi laboratorio portátil», afirma. Extrae el negativo, lo pone al frente de la cámara y obtura. «El papel lo que graba es la luz». Luego sumerge el papel en un balde de agua limpia, y después, esperar, tener paciencia para ver la escena recién retratada revelándose ante nuestros ojos. Y solo por 12.000 pesos.

Cada cliente es una excusa para dar una cátedra de la historia de la fotografía en Colombia, y entre sorpresa y narración afirma que quedan muy pocos fotógrafos de parque, porque hoy cualquiera toma fotos con los avances tecnológicos de los dispositivos móviles. Egresado de Artes Visuales de la Universidad Javeriana de Bogotá, realizar su tesis de grado Mano en mano fue lo que le dio el impulso definitivo para ser un foto-agüita. En ella investiga y rescata del olvido una serie de oficios perdidos, que cada vez se ven menos por falta de relevo generacional: el tinterillo, la sombrerera, el relojero, el sastre y el encuadernador son algunos de los personajes que presenta en ese proyecto.

En un mundo inmerso en la imagen digital, en los celulares con cámaras de megapíxeles, ser un fotógrafo artesanal que trabaja con una máquina que ya es pieza de museo es ir en contracorriente, ser un romántico que hace una apuesta arriesgada. Por fortuna, le ha ido bien. Con “La Bruja” ha viajado a Ecuador, Perú, Bolivia, Brasil y a diez países europeos. Lo han acogido bien, y en las modernas capitales de Alemania, Holanda, España y Portugal, se ha ganado los suficientes euros para sostener sus viajes, e incluso ahorrar.

A Filandia llegó en busca de tranquilidad, se enamoró de la amabilidad de sus habitantes y de lo pintoresco de sus casas, balcones y montañas. Su trabajo como foto-agüita lo combina en semana con su gusto por la agricultura. En su finca, en las afueras del pueblo, está atento a su propio cultivo de café y de plátano. Disfruta de una vida conectada a la tierra, a los animales, y haciendo lo que le apasiona: tomar fotos de esta época con técnicas de otra época, cuando no existían los flashes, los píxeles, la inmediatez ni el Photoshop.

Tags: Región

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