Edición Octubre a Diciembre 2017 Nº 115

La eterna partera de Barragán
Región

La eterna partera de Barragán

Cuando uno llega a la fonda de Barragán, no sabe con exactitud si está en el municipio de Pijao, o en Génova, o en Caicedonia. Lo único cierto es que allí todo el mundo conoce a la abuela Rosa María Palacio, la eterna partera de Barragán. Por las callecitas del caserío y por los caminos veredales de estos tres municipios, se encuentran familias enteras cuyas abuelas, madres e hijas fueron traídas a este mundo con la ayuda de la abuela Rosa María. En los apuntes de ella hay más de quinientos partos asistidos.

La abuela Rosa María tiene noventa y siete años y una mente con la claridad de la luz. Desde la puerta de su casa, al otro lado del puente sobre el río Barragán, en el camino hacia Caicedonia, va saludando a las personas que pasan, recordando sus nombres y los detalles de su nacimiento, porque ella fue su partera. Son tantas que se podría afirmar que Rosa María es la ‘madre de todo un pueblo’.

En su memoria mantiene los nacimientos que sus manos y su sabiduría propiciaron, porque una noche de 1970, como en la vieja canción cubana de El cuarto de Tula, dejó la vela prendida, se quedó dormida, y se incendió el cuaderno donde llevaba anotados todos los partos asistidos, 59 hasta esa fecha. «No volví a anotar los nacimientos, pero son muchos; en una sola casa recibía seis, siete. Y no solo aquí en Barragán, también me llamaban de Armenia, Calarcá, Sevilla y otros lugares del norte del Valle», relata con voz clara y una mirada diamantina.

Había venido de Santa Isabel, Tolima, al finalizar la década de los treinta. Su precisión para diagnosticar el embarazo, la posición de la criatura en el vientre y las enfermedades de madre e hijo con solo el tacto u oyendo el latido del corazón del bebé hicieron posible que la dirección del hospital San Juan de Dios le diera la licencia de partera a finales de la década de los sesenta. «No hice cursos para ser partera, porque estos los programaban en el casco urbano de Pijao, y yo andaba muy ocupada y no tuve tiempo», explica Rosa María sentada en la mecedora de su sala.

En su lista de partera no hay mujeres o niños muertos. La llamaban cuando la embarazada ya tenía por lo menos siete meses. Ella la visitaba, la sobaba, le ponía el oído, y sabía cómo estaba el bebé; le sentía el corazón, observaba muy bien su respiración y se daba cuenta de si la señora tenía la tensión alta o baja. Cuando estaba próximo el alumbramiento, si la tensión estaba alta, la hacía meter los pies en una ponchera con agua fría, le ponía el oído en la barriga para oír al niño y, si bajaba la tensión, le atendía el parto; si no, recomendaba traslado inmediato al hospital.

Sin embargo, tuvo momentos críticos: «Me tocó un parto de un bebé que venía sentado, en la finca El Tesoro, de Pijao, con una tempestad tremenda. El niño venía sentado y yo no había visto antes a la señora. Le pregunté al esposo: “¿Qué hacemos, en medio de esta tempestad?” Le sugerí: “Saquémosla para el hospital. Hagan una hamaca para llevarla”. Entre tanto, me eché la bendición, prendí una velita, y me puse a bregarle. Le saqué un piecito al niño, luego el otro, luego un bracito y después el otro, y con mucho cuidado extraje la cabeza. El señor me ayudó, y los dos quedaron muy bien».

Rosa María cree que siempre tuvo un ángel en el cielo. «Tibiaba aceite Nujol y lo frotaba en el cuello uterino y en las partes íntimas, iba abriendo la cavidad en el parto, se ablandaba toda el área por donde venía el bebé, eso nunca lo hacen en los hospitales. Además, antes del parto ordeno que tomen bebidas frescas: de linaza o cebada, nada ácido».
En Barragán siempre prefirieron a Rosa María porque los partos se hacían sin rasgaduras ni bisturí. Ella fue la primera y la última partera de Barragán.

«El último que recibí está estudiando, debe de tener unos diez años, se llama Nelson. Ese día me gané 50.000 pesos, mientras que en el primer parto me habían pagado dos pesos», recuerda con la alegría de un adolescente, y dice: «Me siento feliz, muy contenta con todos estos muchachos, le doy gracias a Dios por  haberme dado este don».

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