Edición Octubre a Diciembre 2017 Nº 115

El último arriero
Región

El último arriero del Camino del Quindío

Sus jornadas a pie, arreando terneros y toros gordos, se hacían por un camino agreste. Canalones que el tiempo y el uso horadaron hasta convertirlos en verdaderos túneles pantanosos, distantes hasta veinte metros de la superficie, con callosas huellas dejadas por las patas de las reses. Jornadas bordeando peligrosos abismos, peñascos que se ponían lisos por el agua y el barro. Hoy son solo recuerdos que narra Hernando López Herrera, el último arriero del Camino del Quindío, sentado en una banca del parque de Salento mientras sus manos aprietan el zurriago, compañero de todas sus correrías.

El Camino Nacional, Paso del Quindío o Camino del Quindío entró en la modernidad de los vehículos de cuatro ruedas a partir de 1978, cuando el Gobierno departamental inauguró la carretera Salento-Toche. Camperos y camiones ingresaron en esa mítica ruta por donde hasta entonces solo transitaban personas a pie, a caballo o mula, y numerosas caravanas de ganado bovino que iban y venían entre las fincas del alto de La Línea y Salento y Armenia. Sin embargo, Hernando siguió llevando y trayendo vacas, a pesar de la competencia que le pusieron los camiones.

En esa ruta de arrierías trabajó, desde 1942, llevando terneros flacos para las fincas del ‘filo’, donde los pastos y las nieblas los embarnecían. Y trayendo, de vuelta a Salento, toros gordos que los ganaderos vendían en Armenia y Pereira. Su labor no la interrumpió del todo el camión que empezó a transportar vacas, unas veces, y madera, otras, porque mientras ese carro llevaba ocho o diez novillos, su arriería podía con cuarenta o cincuenta a la vez. Por eso trabajó hasta que sus fuerzas lo ayudaron. Hace siete años abandonó el oficio, y fue el último arriero en hacerlo en este histórico paraje conocido en todo el país como el Paso del Quindío o Camino Nacional, recorrido por el botánico Alexander von Humboldt, el primero que describió la palma de cera, a comienzos del siglo XIX, y por el Libertador, que lo pasó con esfuerzos y sufrimientos.

Hernando nació en Montenegro, en 1930, pero desde niño lo llevaron para la finca Las Brisas, en la vereda Camino Nacional, en la ruta Salento-Toche. Aunque sus padres lo matricularon en la escuela rural, él nunca asistió. Se iba con la pizarra y las ‘onces’ en un caballo, camino de la escuela, y en lugar de llegar donde la profesora que lo esperaba, desviaba su ruta a los potreros de palma de cera para juguetear con las vacas y los terneros. El día de la muerte de su padre, lo obligaron a ir a estudiar, pero Hernando prefería el trabajo a las letras. Entonces se ‘voló’ para La Dorada, Caldas, a trabajar como ordeñador y cuidador de vacas, siendo aún un niño.

Su destino eran las vacas. Su abuelo, siguiendo el precepto del padre muerto, lo fue a buscar, y se lo trajo de regreso a Salento. Pero nadie pudo contra su decisión de estar cerca del ganado. A la edad de 12 años empezó a acompañar a su abuelo en el oficio de derribar el monte, quemarlo y sembrar pasto para convertir la montaña en potreros. Y en ese oficio empezó a llevar reses de un potrero a otro, de una finca a otra, hasta que se hizo un avezado arriero.

El bosque de niebla fue su amigo. La lluvia, casi constante, su confidente. Durante más de setenta años anduvo por las nubes de los Andes del Quindío, sin más compañía que las vacas y una cantimplora que a cambio de agua llevaba aguardiente amarillo, con el que apaciguaba el frío y arrinconaba las penas.

Se conocía de memoria el camino. Jamás se perdió en ese bosque de palmas de cera y loros orejiamarillos, a pesar de las trampas que le jugaron la neblina, el soroche y las borracheras. Hoy, sentado allí en la plaza, de sombrero y poncho, ya sin alpargatas de cabuya, apretando el zurriago, habla con nostalgia de esas jornadas de dos y tres días entre la niebla, evocando el camino que tantas veces recorrió, y que el tiempo y la manigua se han tragado como la niebla se engulle la montaña en los días de invierno.

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