Edición Octubre a Diciembre 2018 Nº 119

Harold Orozco
Foto: Fabio Velásquez V.

Percute y repercute

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Harold aún conserva en su casa de Salento la batería que su papá, Carlos Alberto, le regaló cuando era un niño. Todavía la hace sonar a pesar de que es mucho el camino que ha recorrido desde esa época en que su hermano Fabián lo contagió de música. «Yo lo veía, lo escuchaba tocar el piano, y también quise hacerlo». Y así fue. Ahora, entre otras cosas, es el baterista principal de Don Palabra y de La Mamba Negra, orquestas que con sus fusiones de los sonidos del rock, el hip hop, la salsa, el funky, el reggae y la música colombiana han puesto a bailar a Latinoamérica y media Europa.

Tenía apenas cuatro años cuando el maestro Gerardo López Castillo lo acogió en la banda del pueblo. Recorrió las calles de Salento tocando el bombo, el redoblante, sus primeros pinitos en el arte de la percusión que lo ha acompañado el resto de su vida. Pasó un tiempo por Batuta en Armenia, y fue parte de la agrupación Bambú, que más adelante ―con variaciones― se convirtió en Antara de Salento, un colectivo de música andina y colombiana. A los 16 años ya estaba cursando la carrera de Percusión Sinfónica en la Universidad del Valle. Y de allí llegó como docente a la Fundación El Colectivo, una escuela de música popular que goza de prestigio en Cali.

Una vida entre toque y toque

 

Foto: Christophe Lasserre

Harold Orozco, baterista

Sus clases las alterna con las giras y los toques que hacen las tres agrupaciones musicales a las que pertenece. Una de ellas es Los Chamico de Salento, que con temas propios y con covers de populares canciones de música parrandera y campesina ha animado las fiestas de Salento y las de los pueblos vecinos, y ha representado al Quindío en diversas versiones de festivales nacionales, como el de Bandola, el Mono Núñez y Colombia al Parque. Ya tienen dos producciones discográficas y están preparando la tercera. En esta agrupación no hace percusión ―poco común en este género―, sino que toca el bajo eléctrico. Su hermano Fabián también es integrante, pero en lugar del piano, aquí hace sonar el acordeón.

La otra agrupación es Don Palabra, que tiene su sede en Cali. Y en ella Harold cambia de registro, muestra su versatilidad como baterista: son el rock, los sonidos urbanos, el sabor del Pacífico los que se dejan oír para bailar, poguear o rapear con letras que llaman a despertar la conciencia social. Conformada por egresados de Música de la Universidad del Valle, esta banda nació en 2008 y desde entonces no ha parado de crecer. Chile, Ecuador, México son algunos de los países en los que han hecho giras. En el 2012 fueron invitados a Rock al Parque, en Bogotá, una experiencia que los marcó, al igual que en el 2015 el haber representado a Colombia en el Festival Patria Grande, de Cuba.

Un tercer Harold es el de La Mamba Negra. En esta orquesta, sus timbales exploran más los sonidos del jazz, un género musical que lo apasiona y en el que están algunos de los bateristas que más admira. A este grupo llegó por el azar. «El baterista inicial era Wilson Viveros, un músico tremendo que había pasado por Niche, Guayacán, los Recochan Boys, y se fue a vivir a Miami. Y yo, que había ido a un ensayo, terminé reemplazándolo». El público de Brasil, Chile, Argentina, Turquía, Azerbaiyán, Dinamarca, Inglaterra, Portugal, entre otros, ha bailado en vivo y en directo con las fusiones sonoras de La Mamba Negra.

Tiene 30 años y Harold ya ha compartido escenario con gente de la talla de Foo Fighters, la reconocida banda estadounidense de rock. Y ha viajado más de lo que soñó ―siempre está listo para emprender una gira con sus baquetas y un par de campanas―. «Los músicos somos como los deportistas, debemos entrenar a diario para seguir vigentes, por eso en el futuro me veo haciendo lo mismo: de gira, compartiendo escenario con otras músicas, con otros músicos que antes solo veía en YouTube, y volviendo a Salento».

Su casa, la de sus papás, siempre ha estado en la Calle Real. Es una de las poquísimas que todavía se utilizan para vivienda en ese sector lleno de artesanías, de restaurantes, de ofertas para turistas. Aun así, Harold disfruta estar allí, levantarse a las seis de la mañana y ver la plaza solitaria, la niebla, el verde paisaje del valle de Cocora. El conocer tantas inmensas ciudades le ha dejado claro que le gusta gozar de la tranquilidad de su pueblo. «Cada salida que hago a otro país impulsa la siguiente, pero en esos viajes uno aprende a valorar aun más lo que tiene cerca. Cuando vengo a Salento aprovecho el tiempo para hacer lo que siempre hice de niño, de joven, cuando salía del colegio: irme a caminar, compartir con los amigos, sentarme en la ribera del río y recorrer en bicicleta las veredas».

Tags: Gente,percute y repercute,Harold Orozco

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